En esta frase se resume el histórico Bando que los Alcaldes de Móstoles, Andrés Torrejón y Simón Hernández, hicieron público tras conocer el desenlace de la sangrienta jornada del 2 de mayo de 1808, cuando el pueblo de Madrid -chisperos, manolas, modistillas, las clases populares, el pueblo liso y llano-, capitaneado por un grupo muy reducido de Oficiales del Arma de Artillería –Capitanes Luis Daoiz, Pedro Velarde, Juan Nepomuceno Cónsul, José Dalp y José Córdoba; Tenientes Rafael Arango, Gabriel de Torres y Felipe Carpegna.

De Infantería Capitanes Rafael Goicoechea y Andrés Rovira; Tenientes Jacinto Ruiz y José Ontoria; Subteniente Tomás Bruguera; Cadetes Andrés Pacheco, Juan Rojo y Juan Vázquez Afán, y de la Armada, Alféreces de Fragata Juan Van Halen y José Hezeta, junto a un puñado de Artilleros, de Soldados del Regimiento de Infantería de Línea “Voluntarios del Estado” y de paisanos- se sublevó y se enfrentó valientemente contra las tropas francesas que, abrumadoramente, los superaban en número y en medios.

No hay que olvidar que el Capitán General de Castilla la Nueva, Francisco Javier Negrete, había ordenado, de forma taxativa, que las fuerzas de la guarnición de Madrid quedasen acuarteladas, incluso, de acuerdo con algún historiador, instó a que se formasen patrullas mixtas con las tropas francesas para la requisa de armas al pueblo y el control de la situación.

Con anterioridad a lo relatado, en octubre de 1807 el Cuerpo de Observación de la Gironda, integrado por 30.000 hombres, al mando del General Junot, penetra en España, en principio con la intención de trasladarse a Portugal para hacer efectivo el bloqueo de las costas atlánticas decretado contra los ingleses por Napelón. Luego, llegaría Murat.

Poco a poco, los franceses se van enseñoreando de España, ocupando las principales fortalezas, los nudos de comunicación vitales, las ciudades, ante la pasividad general de los españoles que, cada día, tienen que soportar estoicamente las ofensas y agravios de los gabachos.

Sin embargo, como todo tiene un límite, el 2 de mayo de 1808 saltó la chispa que provocó que toda España, de La Coruña a Barcelona, de Cádiz a Oviedo, se levante contra el invasor, hasta lograr expulsarlo de nuestra tierra y el 10 de abril de 1814, las tropas del 4º Ejército de Galicia, entre las que figuraba en 6º Regimiento de Infantería de Marina, derrotan a los franceses, dentro ya de su territorio, en la batalla de Tolosa.

A la vista de lo relatado, es fácil establecer que, en primer lugar, Napoleón se valió de la falsa excusa de dirigirse a Portugal para adueñarse de una buena parte de España, sin disparar un solo tiro y contando con la pasividad, cuando no con el concurso, de las Autoridades.

Se ocuparon las Instituciones, se secuestró el poder real, se neutralizó al Ejército y a la Armada y se atemorizó al pueblo que, día tras día, tenía que cruzarse en las calles de pueblos y ciudades y soportar la desafiante mirada de unos cada vez más envalentonados gabachos.

Cabe una pregunta, ¿habría sido igual si, desde el primer momento, antes de invadirnos, hubiésemos conocido las reales intenciones del sátrapa corso? Estoy seguro de que no.

En fin, una historia muy resumida de la heroica guerra de la Independencia, pero que nos sirve al objeto de las líneas que vienen a continuación en las que, a lo mejor, vislumbramos alguna similitud.

Busquemos ahora paralelismos con la situación actual que atraviesa nuestra Patria. Una situación de alarma general ya que España corre el mismo riesgo de destrucción que en aquel lejano 1808.

Hoy, aquel Napoleón de principios del siglo XIX, con sus ansias desmedidas de crear un imperio, recibe otros nombres -globalismo, poder mundial, comunismo o capitalismo internacional, qué más da-, sin embargo, sus objetivos son los mismos de entonces: domeñar a nuestra Patria, convirtiéndonos en vulgares objeto de sus oscuros intereses.

Incluso, el Cuerpo de Observación de la Gironda, aquel que, sin duda, acongojó a muchos compatriotas nuestros, inoculándoles el miedo en sus corazones con solo ver el paso constante de sus tropas por las calles y plazas de las ciudades, hoy tiene su paralelismo.

No se trata de un Ejército de vistosos uniformes y moderno armamento, se trata de algo mucho más rebuscado, más letal, un enemigo invisible que nos tiene aterrorizados y ante el que estamos dispuestos a dejar que España se hunda y a perder nuestras libertades más elementales en la inteligencia que tal cosa nos va a salvar.

Previamente, al igual que los franceses habían penetrado en España en 1807, so pretexto de invadir Portugal, ahora, estos nuevos enemigos, penetraron por medio de las urnas, a base de mentiras y más mentiras del sátrapa de turno. “Jamás pactaremos con Podemos pues ese partido nos quita el sueño”, “nunca nos aliaremos con los golpistas”, “jamás llegaremos a acuerdo alguno con los filo terroristas de Bildu”… ¿Recuerdan?

Así entraron, igual que los otros lo hicieron so pretexto de tomar Portugal, y, una vez dentro, incumpliendo todas y cada una de las promesas, una y otra vez la palabra dada, se apoderaron de las Instituciones, una tras otra, del poder legislativo, del CNI, de las Fuerzas de Orden Público, de las Fuerzas Armadas, de la Fiscalía General del Estado, secuestraron a la Corona -eso también lo hicieron la otra vez-, incluso pretenden hacerse con el control del poder judicial y todo ello, contando con la indispensable colaboración de los modernos “afrancesados”, los que tienden manos tras bajar la cerviz, los que se ponen de perfil pese a la verborrea y la elocuencia barata, los que solo buscan rentabilizar sus poltronas, importándoles muy poco el futuro de España…

Es obligado recurrir al mensaje póstumo de Franco quien, con total clarividencia, advirtió del grave peligro que se cernía sobre nosotros, “no olvidéis que los enemigos de España y de la civilización cristiana están alerta. Velad también vosotros y para ello deponed frente a los supremos intereses de la patria y del pueblo español toda mira personal”.

Sin embargo, nosotros desoímos aquella advertencia, incluso sonreímos como si se tratase de las palabras de un viejo chocho, y seguimos con nuestros festines hasta que, al final, como aquel Cuerpo de Observación de la Gironda, el enemigo penetró en España casi sin darnos cuenta.

Sí en aquel año de 1808, con José I en el poder, la pretensión era adecuar nuestras normas y costumbres al modelo francés, sometiéndonos, ahora lo es al que marca el globalismo mundial, en la confluencia del marxismo con el capitalismo internacional: aborto libre, ideología de género, cambio climático, eliminación de las religiones, animalismo, ecologismo, etc.

A todo eso hay que añadir el odio visceral que la coalición que gobierna España -socialistas, comunistas, filo terroristas, separatistas, etc.- ha demostrado desde siempre a nuestra Patria y así, nos encontramos que el español -ese del que el artículo 3º de la Constitución vigente dice “que todos los españoles tienen el DEBER de conocerlo y el derecho de usarlo”- va a dejar de ser lengua vehicular; que todos, padres, hijos, docentes, tendrán que someterse a una ideología única, a la forma de ver la historia de acuerdo con los postulados sectarios de los que mandan;  que los filo terroristas se permitan, con total impunidad, sin recato y con chulería de macarra de prostíbulo barato, aseverar, en una de las Cámaras legislativas, que ellos vienen a destruir el Estado; que los golpistas se salgan, día a día, con las suyas y no tardará mucho en que se les permita celebrar su tan ansiado referéndum; que los comunistas hablen, con total descaro pese a lo exiguo de su representación parlamentaria, de un frente de izquierdas para cambiar el régimen…

España se nos muere. Languidece. La ruina económica es total, casi igualable a la ruina moral. El paro se dispara. Cada día, a cada paso, nos recortan más y más nuestras libertades. Nos controlan la información y la opinión; nos inculcan su ideología caduca y miserable…

Hace algunos meses, leí algo que me parecía una profecía sin fundamento y que se está haciendo realidad. Un norteamericano, al parecer ex agente de la CIA, decía que, en breve plazo, España desaparecería como nación y a ese final parece que estamos abocados.

Entre tanto, los “afrancesados” siguen en sus reuniones de salón, al más rancio estilo versallesco. Unos, mirando de perfil, absteniéndose en las votaciones e incluso votando a favor del nuevo sátrapa; otros, tendiendo manos para implorar caridad y tan solo unos pocos, como aquellos militares y paisanos del Parque de Monteleón, defendiendo como jabatos los últimos bastiones de una España otrora gloriosa.

Ni por un momento podemos olvidar que todo esto ha venido de la mano del Partido Socialista Obrero Español (PSOE), un partido miserable que solo causó mal y trajo la tragedia a España a lo largo de la historia.

No vale ahora decir aquello de que “los socialistas de los 80 no eran así” -puede que no lo fuesen, al menos alguno- o “conozco a alguno que está claramente en contra de deriva del partido” y mucho menos rasgarse las vestiduras cínicamente, criticando al nuevo sátrapa y luego, manteniéndolo con sus votos al frente del cotarro socialista.

Es asqueroso ver, como en las sesiones de las Cortes, los paniaguados, sin criterio alguno, que ocupan los escaños del PSOE, responsable de todo lo que nos está sucediendo, aplauden, de forma entusiasta, las grotescas y cínicas intervenciones de un canalla miserable, un prepotente que solo anhela perpetuarse en el poder, sin importarle llevarse a España por delante.

Sin embargo, hay que recordarles que la responsabilidad de lo que está sucediendo no es achacable solamente a los que ocupan puestos de gobierno o de representación, lo es, en igual medida, por acción u omisión, de todos aquellos que en sus carteras guardan el putrefacto carné de ese partido; los que pertenecen a sus ejecutivas; los que ocupan algún cargo a cualquier nivel e incluso esos que los votan en cada ocasión. Todos son, en igual medida, responsables de la muerte de España.

Hoy, más que nunca, urge volver a propagar por los caminos de España que la Patria está en peligro y que es deber de los buenos españoles acudir a salvarla, a la espera de que surja otro 2 de mayo.

José Eugenio Fernández Barallobre ( El Correo de España )