LA PAZ NOS ABURRE

Hay quien dice que los períodos pacíficos y prósperos de la historia de una sociedad, de un país, terminan por aburrir a sus habitantes si se prolongan más allá de un par de generaciones. Hace no demasiado se hablaba de la poshistoria, del fin de la Historia.

Sea en el sentido que le daba a ese término Fukuyama, o sea como consecuencia de la molicie en que caen las sociedades occidentales opulentas, parecería que la paz nos aletarga y la prosperidad nos aburre. Sobre todo a los españoles.

En un artículo tan incómodo como notable, Jorge Bustos apunta a la nostalgia de la destrucción:

“Y si la política no fuera ya sino una rama de la industria del entretenimiento. Y si el votante primermundista solo ansiara divertirse como se divertían en Weimar, cuando nuestros bisabuelos se liberaron de esos corsés parlamentarios llamados partidos. Y si el consenso ya aburre a las ovejas con derecho a voto que sienten envidia de las cabras montesas. Y si el estrés, la ansiedad y la depresión explicaran hoy el voto mejor que el paro, la educación o las pensiones.

Si es así, si el cerebro del animal humano no puede soportar más de tres generaciones de paz tediosa, entonces habremos de repetir la primera mitad del siglo XX, bajo cuya lluvia de metralla resultaba imposible aburrirse.” (Nostalgia de guerra civil)

Un historiador de izquierdas recordaba hace unos días que es justamente la idea de la guerra la que parece unirnos a todos los españoles:

“‘Shit!’, exclamaba Ernest Hemingway en un restaurante de Madrid, allá por 1954, ‘todos ustedes dicen lo mismo, rojos y nacionales: ¡nuestra guerra! Como si fuera el único bien, el más preciado, que comparten’.

Y Jorge Semprún, clandestino en España, lo apostillará años después: ‘Nuestra guerra, todos utilizaban ese pronombre posesivo para designar la Guerra Civil´, quizá no solo, como creía Hemingway, porque lo que gustaba a los españoles era compartir la muerte, lo único que los hermanaba, sino también por el recuerdo de la juventud, o porque aquella guerra se había convertido en el mito que daba sentido a sus vidas.” (Nuestra guerra)

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