Ejecutiva Federal del PSOE trató ayer inútilmente de zanjar la polémica de su acuerdo parlamentario con Bildu con la simple negación de que exista ese pacto, lo que en boca de José Luis Ábalos suena a embuste de un partido que ha dejado de ser tal para convertirse en una sumisa sucursal de La Moncloa.

Son ya muchos los dirigentes socialistas de distintas épocas que no encuentran justificación política y ética para que la dirección del partido, un equipo de marionetas sin más criterio propio que el de asentir ante Pedro Sánchez, se dedique a bendecir el «nuevo régimen» anunciado por Arnaldo Otegui e impulsado por Pablo Iglesias.

Sin resquicio alguno para el debate interno, Sánchez no ha impuesto un acuerdo coyuntural para poder aprobar los Presupuestos. Ni numéricamente necesita a Bildu para ello, ni el PSOE merece la humillación a la que le está sometiendo su secretario general.

La única explicación posible es que Sánchez ha renunciado a encabezar un proyecto socialdemócrata adscrito al bloque constitucionalista de partidos, para sustituirlo por una alianza radical de izquierdas junto a formaciones que se han propuesto demoler la democracia.

Es solo el capítulo final de un proceso iniciado para el socialismo en el año 2000, cuando José Luis Rodríguez Zapatero fue elegido secretario general, y cuya obra está culminando Sánchez al dictado del independentismo y de los herederos de ETA.

No es una decisión puntual u oportunista en busca de unos votos más, sino una negación drástica de lo más intrínseco de la política, su raíz moral. Con Bildu de la mano, el PSOE ha capitulado de ser el PSOE y ha renunciado a su moralidad.

Diga Ábalos lo que diga, Sánchez está dejando de tener credibilidad dentro y fuera del partido porque sí hay pacto. Y tan es así, que no solo lo han celebrado Podemos y Bildu entre sonrisas, sino también todo el grupo parlamentario socialista rompiéndose las manos por haber superado el primer trámite de los Presupuestos.

Sin embargo, aquellos aplausos eran también para ERC, para el PNV, para Bildu y para todos aquellos partidos que, como Ciudadanos, apoyaron de facto la involución democrática que pretende acometer Sánchez. Son varios los grupos de socialistas disconformes.

Más allá de los «vómitos» de barones supuestamente escandalizados como Vara, Page, Díaz o Lambán, otras voces emergen para denunciar la deriva de Sánchez: Alfonso Guerra, Eduardo Madina, Joaquín Leguina, Redondo Terreros, Francisco Vázquez, José Luis Corcuera, Jordi Sevilla… Todos ellos, de distintas etapas y edades, y todos ellos con criterios no unívocos.

El factor común es que están alarmados. Y no es de extrañar dada la respuesta de la dirección del PSOE cuando tilda a los críticos de insolidarios e injustos con Sánchez, o cuando alega con indignidad que Bildu ha demostrado más lealtad que partidos como el PP. Ese es el sanchismo en estado puro. El que acalla la disidencia, el que restringe las libertades, y el que olvida la sangre en la historia de ETA mientras miente a sabiendas a los españoles.

Sánchez está prostituyendo el sentido de Estado con decisiones que provocan una fractura en la sociedad. Ha sustituido su supuesta credibilidad por la imposición autoritaria al servicio de un proyecto de ruptura.

Hoy son militantes socialistas, y no los habitantes de ninguna caverna, los que lamentan que Sánchez haya transformado al PSOE en un partido sin ideales, sin valores, sin debate interno, y vendido al mejor postor, es decir, a los partidos más destructivos contra la Constitución.

Y además, sin dar la cara. Ya ni siquiera se atreve a explicarse «por plasma» para que la militancia, y no solo los hooligans de guardia, intenten comprender hacia qué barrizal quiere arrastrar a su partido.

ABC

viñeta de Linda Galmor