Cierran Madrid, con un par. No les voy a repetir los datos que sitúan a Navarra con peores estadísticas, ni los que apuntan a que las medidas que se habían adoptado en Madrid empezaban a dar resultado. Cualquiera con dos dedos de frente y una pizca de honestidad sabe que la medida es política.

Si han leído La peste, de Albert Camus, recordaran que lo peor de su metafórica epidemia es la podredumbre moral que pone al descubierto. Por contra, el escritor creía que la expectativa de la enfermedad y la muerte nos colocaba ante las preguntas fundamentales que solemos evitar sobre el sentido de la vida.  Mentira, seguimos como siempre, cada cual a lo suyo, eludiendo cualquier reflexión en profundidad.

Camus, como existencialista que era, al prescindir de cualquier concepción sobrenatural del hombre creía que el universo está gobernado por el azar y que la vida humana carecía de sentido. “La vida es absurda, ilógica”. Camus admite que, sin la perspectiva de lo transcendente, todas las tareas del hombre son provisionales.

La victoria definitiva y total corresponde siempre a la muerte. Pero al menos resaltaba que la grandeza del ser humano reside en su capacidad de vivir en comunidad y hacer algo por los demás, no en su ambición personal.

Efectivamente, hoy en día es hablar de ambición personal y venir a la cabeza la imagen de Pedro Sánchez. El héroe de La peste es el doctor Rieux, sus andanzas nos llevan dentro de la comunidad médica. Inicialmente los expertos se niegan a reconocer la plaga, igual que cuando Simón nos contaba que el coronavirus no iba a tener ningún efecto en España.

Siguiente paso, no hay porque crear una situación de alarma, no se adopta ninguna medida preventiva, ni siquiera para los más vulnerables. Cómo no vamos a ir a las manifestaciones del 8M y qué necesidad había de comprar material sanitario. ¿Mascarillas? ¿para qué? Y claro, acabamos confinados durante tres meses y sembrando los cementerios con ancianos muertos de coronavirus. ¿Dónde quedó la solidaridad de la sociedad y su Estado con los más necesitados?

En Italia, al menos Angelo Borelli, jefe de la Protezione Civile italiana, reconoció que “El virus es más rápido que nuestra burocracia.” En España, qué va. Hay que hacer hijo predilecto de Zaragoza al experto Simón porque Pedro Sanchez y Pablo Iglesias lo han hecho de “puta madre”. Confinados, con uno de los índices de contagios y muertes mayores del mundo y la economía por los suelos, también con uno de los peores resultados de la OCDE, pero aplausos, ante todo unidos.

Y cómo somos incapaces de aprender la lección, con el rebrote, repetimos. ¿Test masivos? ¿para qué?. Si algo ha salido mal, la culpa es de no hay más impuestos y más presupuesto para sanidad, los dichosos recortes. Aplausos.

Con un par, aunque España, con el doble de presupuesto en sanidad que Corea del Sur (ejemplo de gestión de la epidemia) sea el país de la OCDE que peor ha gestionado la crisis. Pero seguramente es cierto que el problema está en los recortes: los recortes que no se han hecho de gestores ineptos y de periodistas cara-duras y sinvergüenzas.

En La peste de Camus, nos encontramos con episodios de un monstruoso hiper-egoismo frente a la generosidad del doctor Rieux. En la España del COVID19, ese hiper-egoismo anida en Moncloa. Todas y cada una de las medidas tomadas por el gobierno piensan en el beneficio partidista antes que en el bien común. El cierre de Madrid es el ejemplo más preclaro.

Pero lo peor está por venir. Mientras ya tenemos un déficit de 160.000 millones de euros, el PIB de año y medio, la quiebra de nuestra economía es más que segura y nuestra supervivencia depende de las ayudas europeas, el gobierno social comunista no tiene intención alguna de sanear las cuentas del Estado. La mamandurria ante todo y sobre todos.

Subirá todos los impuestos e inventará otros nuevos, como ya ha anunciado para la educación y sanidad privadas, reducirá el sueldo de los funcionarios y las pensiones a los jubilados. No habrá ayudas para autónomos, pero subvencionará a bancos, multinacionales energéticas y de comunicación.

Na habrá dinero para las familias con menores, ancianos y dependientes, pero no dejará sin paguita a MENAS, inmigrantes y vagos de 7 suelas que aspiran a vivir a cuenta de los que trabajan y ahorran. No podrá rebajar impuestos a la clase media pero no faltará presupuesto para chiringuitos y demás “mierdas” de este Estado de bienestar. Bienestar de algunos.

Baste con que echen un ojo a las redes sociales de Hablamos Español, y comprobaran cómo en plena pandemia se ha seguido regando el nacionalismo lingüístico, sin piedad, porque lo importante es que en Spotify puedas hacer búsquedas en valenciano, que “Plataforma per la Llengua” siga espiando a los niños, no sea que se les ocurra usar el español en vez del catalán en el recreo, o algún gañan pueda aprender a tocar el tambor en gallego o vascuence. Riqueza cultural de la buena.

Nos narra Camus que, por la noche, durante la peste, Orán estaba “poblada de sonámbulos”. España está poblada de seres aislados, sin capacidad de resistencia, seres conformistas que solo aspiran a pasar el rato viendo un reality de “pedorreo” en la tele o poniendo la última serie de Netflix.

Con dar al me gusta o reenviar de twitter, faceboock, whatsapp y echar unas risas con un video de tik tok, ya hemos cumplido. Después nos extrañamos que no haya comités de expertos. Normal, si sustituimos a los sabios por youtubers graciosetes y damos más visibilidad a una frase ocurrente en redes que a una publicación seria.

Es muy aburrido eso de leer más de tres folios. Si al menos saliesen por el medio las tetas de la Pedroche u otra reina del Instagram, o algún meme divertido, se haría más ameno.

Carecemos de sentido de comunidad porque nos han quitado el sentido de patria y han reducido la familia a la mínima expresión.  Es el individuo diluido en la dictadura de la masa, más eficaz cuanto más mediocre.

Por ello triunfa este gobierno, en su pomposa banalidad, en su continua manipulación, en su pasmosa incompetencia, porque cuenta con el respaldo de los fanáticos, de los que sólo sueñan con hacer dinero a costa de los demás, y sobre todo, de los que prefieren vivir en la oscuridad esperando que el día de mañana sea igual al de hoy, antes que madrugar para ver claro y cambiar las cosas.

Hoy, la peor pestilencia moral, habita en La Moncloa.

Mateo Requesens ( El Correo de Madrid )