LA PIEL FINA

Este Gobierno, además de bonito, digno, progresista y feminista, ha nacido con una piel muy fina, bastante más delicada de lo que requiere el sufrido estándar de la política. No soporta que nadie cuestione el nivel ético, profesional o intelectual de su presidente ni de sus ministros (y ministras). Su pose de superioridad narcisista ha resultado hipersensible a las críticas, y en cuanto sus virtudes autoatribuidas han quedado en duda con denuncias irrefutables de fraudes y mentiras, esta gente tan pagada de sí misma ha empezado a quejarse de ser objeto de una supuesta cacería.

De sus aliados nacionalistas se les ha contagiado bien pronto la tendencia a hacerse las víctimas, con el añadido de que en su borrachera de poder señalan a la prensa como culpable de sus penalidades sobrevenidas y la quieren someter con leyes de censura y presiones coercitivas. Como todo político en problemas, los sanchistas se justifican apelando a la teoría conspirativa, la célebre conjura de enemigos empeñados en acabar mediante siniestras intrigas con sus esfuerzos por establecer en España la decencia y la justicia. Esta excusa es más antigua que el hilo negro pero con la ayuda de las teles amigas confían en hacerla valer a base de repetición propagandística.

Porque es bien sabido que la izquierda no ha acosado nunca a nadie. Que no organizó campañas de linchamientos mediáticos para presentar a sus rivales como una vulgar banda de gánsteres. Que no correteó a ningún adversario en un escrache, ni azuzó a masas airadas en la calle, ni se sumó como acusación en procesos penales, ni instigó sumarísimos veredictos populares.

Que no exigió dimisiones a partir de vagos indicios de responsabilidades. Que no cobró cabezas de presuntos culpables que salieron absueltos de los tribunales. Que no forzó renuncias a partir de la divulgación de grabaciones secretas o de vídeos infames. Que no exigió un patrón de ejemplaridad tan poco razonable que ni siquiera lo ha podido cumplir este nuevo Gabinete tan modélico y edificante.

Como nunca existió nada de eso, Sánchez y los suyos se sienten libres de remordimientos para acusar de sus problemas a la oposición, a las cloacas del Estado -que haberlas haylas, cierto- y a los medios, confabulados todos en un oscuro contubernio contra su programa de regeneración, limpieza y progreso. No necesitan venir llorados de casa porque jamás supusieron que la política exigía una epidermis dura para aguantar reproches sin un lamento.

Y ni se les pasa por la cabeza, por supuesto, que un equipo tan excelso haya podido incurrir en hipocresía, doblez, embuste o fingimiento. Es la ventaja de hallarse en el lado correcto de la vida, en esa burbuja ideológica donde todo acto es desinteresado, todo gesto cabal, toda palabra sincera y todo pensamiento recto. Ante esas credenciales morales intachables se van a enterar los periodistas molestos.

Ignacio Camacho ( ABC )