LA PISTOLA DE RUFIÁN

De la pistola de Indalecio Prieto a la halitosis de Gabriel Rufián sólo hay un rebuzno. Al fin y al cabo, la democracia se desangra igual por los disparos que por los roznidos. Porque la arrogancia ignorante de un diputado es también violencia. Violencia intelectual. Terror retórico. Dar la palabra a un onagro en el Congreso es renunciar a la decencia, si es que aquí la decencia le importa a alguien, pero el orgullo nacional está acojonado en un zulo esperando que pase de largo el ejército de minorías políticas aliadas contra natura y contra España.

Y ese complejo es el que está achicando metro a metro el espacio de la libertad. Nos hemos encogido ante la presunta superioridad moral de unas «señorías» lerdas que unos días roznan y otros escupen. El analfabetismo institucional avanza sin resistencia porque sus representantes son los que pagan la silla del presidente del Gobierno. Y, cuando se es un indigente, al que apoquina no se le rechista.

La imagen de la ministra de Justicia, campeona mundial de reprobaciones porque ha puntuado ya en todas las cámaras, tirando de la manga de Borrell en plena reyerta con el macarra Rufián es el retrato de una época. El Gobierno rehén de Sánchez no puede enfrascarse en peloteras con sus amos porque primero está el poder y luego España. Los vasallos no pueden enfrentarse a los señores. Han de guardar silencio. Hacer la vista gorda ante los salivajos de sus patrones. Humillarse. Dejar que el vandalismo político pisotee la integridad de nuestra democracia.

En apenas un lustro, los guardianes del progreso han dejado tantas veces las puertas del Estado abiertas que han conseguido que se cuelen hasta la cocina el comunismo 3.0 y la ultraderecha maquillada. Los radicalismos de uno y otro lado han resurgido por culpa de la mojigatería de una clase política decadente que ha sido incapaz de protegerse de los ataques virulentos de los antisistema.

Ha vencido el miedo. Incluso los articulistas escribimos con el freno de mano echado para evitar que nos maten las milicias de trolls populistas que han tomado las posiciones estratégicas de las redes sociales. Todos tenemos un poco de culpa de que el Congreso se haya poblado de cafres dispuestos a amartillar las armas del siglo XXI contra sus adversarios ideológicos. Todos somos responsables del ataque furibundo a nuestra estructura de bienestar que han diseñado estos asaltantes de caminos.

Todos hemos contribuido a que nos representen en el templo de nuestra libertad estos insolventes mentales cuya única tesis es el mugido. Todos. Yo el primero. Pero hasta aquí hemos llegado. Se acabó la prosa timorata. Si el presidente quiere seguir aguantando esa agresión a la inteligencia a cambio de vivir un tiempecito en la bicoca de los aviones oficiales, estupendo.

Pero tarde o temprano tendrá que asumir las consecuencias de la pistola de Rufián, que lo encañona con el intestino grueso. Serrín en la cabeza y estiércol en el estómago. Abono para los cardos borriqueros que han brotado en el Congreso justo donde antes se empuñaban rosas.

Alberto García Reyes ( ABC )