LA POLICÍA DEL PENSAMIENTO

Las «fuentes oficiales» que el CIS proponía como alternativa a la libertad de prensa andan últimamente con las aguas turbias y bastante revueltas. Hay fuentes que envenenan. A pesar de ser oficiales les falta oficio para contar los muertos de la pandemia y cada día se enredan con un método distinto y una cifra nueva.

Sanidad lleva tres órdenes ministeriales seguidas, cada una con un modelo de cálculo diferente, y no da con la tecla. No le salen las cuentas. Y para que nadie sepa dónde ni a quién se compran esos equipos de protección que no dejan de dar problemas, el Gobierno salvífico ha decidido cerrar -provisionalmente, por descontado- el portal de Transparencia.

Así, Tezanos pudo contratar a dedo la encuesta que tal vez los funcionarios se negaron a hacer porque les daba vergüenza. Todo con cargo al presupuesto de emergencia, cuyas partidas opacas no hay manera de saber quién maneja, cómo se adjudican ni cuánto cuestan.

Secretos oficiales propios de tiempos de guerra, que ya dice el presidente que atravesamos una crisis bélica que exige cerrar los ojos, mantener las filas prietas y encomendarse a las autoridades con obediencia ciega. Aunque la influyente presencia en el poder de elementos antisistema no deje claro si el enemigo está dentro o fuera.

Por eso hay que aceptar que de las fuentes oficiales mana la verdad revelada. Los datos contrastados, las versiones fidedignas, las cifras exactas. No importa si la información de ayer queda revocada mañana; es la realidad la que cambia.

Los portavoces no se contradicen, ni rectifican, ni mucho menos mienten; sólo se adaptan a la heterogénea complejidad de las circunstancias y la traducen, para mejor comprensión, en esas brillantes metáforas de las curvas, los picos o la desescalada que nunca baja. Si dicen que han hecho un millón de test es porque ésa es la cantidad verificada; gente tan seria jamás se entregaría a la frivolidad de la propaganda.

el Gabinete basa sus decisiones en informes de expertos de toda confianza que por su delicada y sensible misión trabajan a puerta cerrada; sólo una oposición tan irresponsable como la que existe en España sería capaz de reclamarles las actas.

Y sólo un periodismo como el nuestro, intoxicado de sensacionalismo y de cháchara, se atrevería a cuestionar con preguntas antipáticas la palabra de un presidente de credibilidad acrisolada.

Pero todo eso se va a acabar porque los españoles han dicho en un sondeo -oficial, por supuesto- que están hartos de bulos malintencionados y que es hora de imponer un silencio que sólo rompan las voces autorizadas por el Gobierno.

Que sólo quieren noticias con fundamento y sello de autenticidad expedido por decreto. Pueblo sabio, prudente y feliz que incluso confinado en este largo encierro sabe distinguir la alfalfa del heno y se siente a salvo protegido por la indesmayable policía del pensamiento.

Ignacio Camacho ( ABC )