LA POLÍTICA COMO LA LOTERÍA

Si el debate que mantendrán en Antena 3 los líderes de los cinco principales partidos es como el que sostuvieron el pasado sábado en la Sexta María Jesús Montero, Inés Arrimadas, Irene Montero y Edurne Uriarte, vamos listos, quiero decir, nos quedaremos como estábamos, sólo que peor.

El cruce de reproches, invectivas, acusaciones y pullas de las damas fue constante, no sólo entre las de izquierda y derecha, sino también entre las de la misma ideología, lo que convirtió aquello en una batalla campal donde no se hacen prisioneros, con el resultado de todos muertos.

Si se le añade que, en la de los hombres, habrá un quinto contendiente, el de Vox, que no va precisamente a quedarse callado, sino con balas para todos, imagino que serán bastantes los espectadores que cambien de canal o cierren el televisor.

De un tiempo a esta parte, el nivel de agresividad que se ha instalado en la escena política española no hace más que aumentar, lo que no augura nada bueno. Hemos traspasado la barrera de rival convertido en enemigo, a veces, «a muerte».

De momento, sólo de palabra pero, por ese camino, vamos derechos a que el cainismo esté de nuevo a la orden del día. ¿A quién beneficia? Pues a quienes se creen en posesión de la verdad y no aceptan otros postulados que los suyos. Nuestros partidos políticos son cada vez más religiones, con sus dogmas y mandamientos, que hay que cumplir a rajatabla, so pena de ser considerado hereje o traidor, digno de la horca o la hoguera.

Es decir, de un salto, hemos vuelto a las guerras de religión, que asolaron Europa hace cuatro siglos, con millones de muertos y todo tipo de desgracias. En nuestro caso, a la última guerra civil. Creíamos haber aprendido, pero no es así. Lo más triste es que todo parte de una ceguera y un desafuero generalizado.

El «consenso» que reinó en la Transición tiene hoy mala fama y corremos el riesgo de que pueda decirse de la Constitución del 78 aquello de «entre todos la mataron (los que la encuentran demasiado permisiva y los que la consideran demasiado restrictiva) y ella sola se murió».

Por quererlo todo, por no admitir otra verdad que la propia y por creerse superior a los demás, tres características de nuestro tiempo, sobre todo en la izquierda, no autoriza a la derecha a adoptarla, por principio y porque a mentir siempre nos ganarán.

La política real, basada en la responsabilidad, les es tan extraña como la filosofía de Kant y la moral les es ajena. Por no saber, ni siquiera saben que, en un partido, caben un ala derecha, un ala izquierda y un centro, sin excluirse, siempre que compartan unos principios ideológicos y económicos comunes.

La centrifugación, el narcisismo y el maniqueismo, atribuir al contrario una falsa actitud para darse el gustazo de rebatirla, les hacen decir siempre lo mismo y cometer errores garrafales. No les importa.

De ahí que la política se haya convertido en una ruleta y las elecciones, en una lotería. No caigamos en esa trampa. Nuestros hechos superan a sus palabras.

José María Carrascal ( ABC )