LA POLÍTICA, ESA COSA DE GUAPOS

Quienes superamos la cuarentena y no somos fotogénicos podemos olvidarnos ya de ser algún día presidenciables del Gobierno. Supongo que a la mayoría de los españoles no nos quita el sueño tener vedado el acceso a las alcobas monclovitas. Pero igual debiera cuando menos provocarnos alguna pesadilla el hecho de que la cosa política empiece a ser un trasunto de Dorian Gray. La llegada de Pablo Casado a la cumbre popular confirma lo que nos estábamos tomando a choteo: para triunfar en un partido hace falta juventud y guapura -sobre todo lo segundo-. SánchezRiveraGarzónCasado

Quizá Iglesias hoy no asaltaría los cielos podemitas con su jeta -acepción 4 del Diccionario-, porque lo contrario me estropearía el argumento, aunque no desvelo ningún secreto de Estado por hacerme eco de una reciente discusión en la que se defendía que el líder moradotiene sex appeal para sus parroquianos. No lo sé, que lo pregunte Tezanos en el próximo barómetro.

Sócrates dijo que “la belleza es una tiranía de corta duración”, algo que se puede aplicar perfectamente a la política-espectáculo actual, en la que ajusta como un guante el éxito de líderes a los que les duele la cara de ser tan guapos, que cantaban Los Inhumanos. Van a tener razón los seudocientíficos que sientan cátedra diciendo cosas como que los agraciados de cara reciben más tolerancia por parte de la gente o que tienen hasta cinco veces más posibilidades de ser contratados que los feos. Por lo pronto, fichamos para que piloten el Estado a políticos que no desentonarían en Mujeres, Hombres y Viceversa -por su aspecto, se entiende, aunque a lo peor también por lo que tienen en la mollera-.

Se me dirá que para seductor en su día Suárez, o que a Felipe se lo querían comer a besos en los mítines, e incluso que hubo legiones de fans de las cejas de ZP. Y tal vez lo de Sánchez, Casado y Rivera sea una conjunción planetaria, en terminología Pajín, tan casual como fugaz. Quién sabe.

Lo que ha venido para quedarse es la espectacularización de la política. El último ejemplo, en el CIS. ¿Quién es el ministro más valorado? Pedro Duque -eso sí, apenas le conoce el 30% de la parroquia-. Puede que sea el tipo más inteligente del Gobierno, pero si a los diputados les cuesta una legislatura aprender a votar sí o no -y se equivocan-, parece improbable que al advenedizo le haya dado tiempo ni de localizar aún la máquina de café del Ministerio. ¿Y qué más da? Es astronauta; una celebridad. Suficiente. Lo próximo será poner el futuro de las pensiones en manos de Iniesta. Aunque, no, porque lo que se dice guapo…

Eduardo Álvarez  ( El Mundo )