LA POLÍTICA Y LAS PISTOLAS

Durante el debate de la Ponencia constitucional, el PNV, que había asumido el sentido patrimonial de lo vasco, planteó, en la enmienda 689, sus aspiraciones: la «devolución» a las tres provincias vascas y a Navarra de las instituciones forales y los poderes propios que le habían sido usurpados total o parcialmente desde el primer tercio del siglo XIX. Se trataba de unos «derechos históricos», defendían los nacionalistas en línea con lo que el clérigo Lasa Apalategui había teorizado (más bien imaginado), que provenían de tiempo inmemorial y que suponían algo así como una «unión mística» entre el «pueblo vasco» y un supuesto derecho natural (quizá consumada por una especie autóctona vasca de cromañón, como imaginaba, también, el prehistoriador José M. Barandiarán). La tesis que ArzallusGaraicoechea querían imponer era la de que «las dos guerras carlistas y la Guerra Civil debían entenderse como una larga guerra foral, prolongada por ETA, y solucionarse mediante ese ejercicio de devolución constitucional».

Y lo consiguieron. Cómo, lo explica de forma rigurosa José M. Portillo Valdés en el ensayo que acaba de publicar en Galaxia GutenbergEntre tiros e historia. La constitución de la autonomía vasca (1976-1979). Para el catedrático de la Universidad del País Vasco, el nacionalismo logró sus propósitos mediante la conjunción de política, historia y violencia. Las dos primeras las desarrolló el PNV (junto a otros partidos abertzales minoritarios y algunos historiadores sui generis).

 La segunda, la ejecutó ETA. El reconocimiento de los «derechos históricos de los territorios forales», inexplicablemente recogido en una Constitución que se suponía moderna, y la negociación del Estatuto, de tú a tú con el Gobierno, sin control parlamentario, para garantizar privilegios sobre la hacienda, la seguridad, la educación y la sanidad que se negaban a otras regiones, estuvieron acompañados de selectivos atentados terroristas que forzaron al Gobierno de Suárez a ceder: de los 14 asesinatos de ETA en 1976, se pasó a 66 en 1978 y a 80 en 1979. «Cada atentado de ETA», escribió Solé Tura, «significaba la paralización de la discusión o la reapertura de discusiones ya cerradas».

Aun hoy, Bildu y PNV comparten un mismo objetivo. Aunque Otegi ya no use pistola.

Fernando Palmero ( El Mundo )

viñeta de Linda Galmor