LA PORRA

Una encuesta no es un acertijo ni un horóscopo sino una investigación de opinión pública, y su acierto no se mide tanto por el pronóstico como por el método. La proyección puede fallar, como a menudo ocurre de hecho, porque se trata una especie de boceto del criterio de la sociedad pintado en un determinado momento y con los materiales que proporciona una selección aleatoria de individuos concretos.

Por eso lo importante es que el procedimiento sea honesto, que se ajuste a los cánones técnicos de una ciencia social no exacta basada en el análisis de elementos tan difíciles de medir, por subjetivos e inestables, como el comportamiento. Por tanto, el requisito esencial que cabe pedir a un sondeo es que esté realizado con un cierto estándar ético.

Eso es lo que Tezanos ha pervertido. Ha convertido un organismo público respetable como el CIS en un aparato de vasallaje propagandístico, en una herramienta al servicio de un partido. Al cambiar los patrones de trabajo a su capricho ha roto la solvente secuencia histórica que le daba respeto académico y prestigio.

Su principal objetivo no es el de aproximarse a la realidad sino el de crear un efecto de arrastre -el viejo truco del vaticinio autocumplido- con un propósito que no es científico sino militante, es decir, político. Ni siquiera intenta servir a Pedro Sánchez proporcionándole un instrumento prospectivo: se limita a reforzar su estrategia, a acudir en su auxilio. Ciertamente algunos de sus antecesores cayeron en el mismo vicio pero ninguno alcanzó este gregario grado de oficialismo.

Lo que el antiguo gurú de cabecera de Alfonso Guerra ha conseguido con su peculiar sistema -ahora quito la cocina, ahora la vuelvo a meter, ahora la retoco, ahora le doy la vuelta- es cargarse al mismo tiempo la independencia del instituto y la fiabilidad de la muestra.

El trabajo de campo está sesgado porque los encuestadores se encuentran con que muchos votantes de derecha, escamados de la fama sectaria de la entidad, se niegan a contestar o cierran directamente su puerta. Y los que se prestan responden a un cuestionario en el que las preguntas tienden a inducir las respuestas. Su pésima reputación ha provocado una desconfianza genérica que opaca incluso la eficacia de un excelente banco de datos sociológicos con reconocida idoneidad para detectar tendencias.

Nada de esto impide que las mostrencas previsiones de Tezanos puedan resultar verosímiles, razonables y hasta certeras. Pero con la misma probabilidad que cualquier apuesta de amigos en una sobremesa, porque sus fundamentos son arbitrarios -o peor, tendenciosos- y carecen de coherencia interna.

Un español informado, con cierto olfato crítico, cultura política y experiencia observadora, es lo bastante capaz de formular a ojo de buen cubero una predicción electoral de puntería decorosa. Pero eso no es una encuesta: es una vulgar porra.

Ignacio Camacho ( ABC )