He aquí la foto fija que quedará para la historia proscrita una vez el Nuevo Orden descuartice al último hombre libre: la grandeza de un individuo con principios (y del que nadie esperaba nada), un multimillonario llamado Donald J. Trump, versus la gelatinosa putridez de un sórdido ir-y-venir de malvados y satanistas al servicio de la Sinarquía.

Sin demasiadas sutilezas teológicas –y como en un cromo sacado de las dos ciudades agustinianas– así podríamos definir la batalla que se está librando estos días en los Estados Unidos de América. El reflejo de este combate realmente metafísico –puesto que, como ya ha advertido Monseñor Viganò, su entraña teológica es incuestionable– está teniendo en España la más insoportable de las concreciones mediáticas imaginables.

Era imperativo moral decirlo: la inmunda prensa canalla –esa factoría al servicio del Mal que tiene lobotomizadas a cuatro quintas partes de la población española– lo ha vuelto a hacer: vergüenza ajena y repugnancia aunadas es el regusto que dejan en un servidor, tras el seguimiento de los eventos relativos al monumental pucherazo electoral (confirmado por varios medios alternativos) que ha tenido lugar estos días en los Estados Unidos de América.

La cobertura mediática ha dejado al descubierto una vez más bajo el yugo de qué seres amorales y sin escrúpulos estamos… Y de cómo una legión de cacógrafos ganapanes sin decencia ni amor propio ha hecho suyo el discurso de las plutocracias genocidas, ésas que quieren llevar a término su abominable Agenda 2030 para perdición del género humano. Pero esos periodistas, esos peones sustituibles como fichas de tablero… ¿Qué decir de ellos?

Me lo exponía un profesional venido de vuelta de todas las mascaradas virtuales de la posmodernidad: si hay una profesión devaluada en nuestro tiempo, por no decir envilecida hasta la rebaba, ésa es la de periodista. ¿Qué fue del genuino periodismo?

¿Dónde –salvo en algunos medios independientes que dan el callo– subsiste la prensa legítima? ¿Cómo es posible que las desinformaciones sinárquicas pasen por informaciones válidas, al tiempo que se calumnie al honrado y al profesional… por todo aquello que los propios calumniadores representan y perpetúan? Pero, ¿se puede ser más ruin y miserable? ¡Claro que se puede!

La prensa sistémica española ha hablado, o farfullado, o regurgitado, y como con un hinchado apéndice tumoroso de pus lleno –metido dentro de sus apestosas fauces–, ha desbarrado y está desbarrando machaconamente el mantra perpetuo: “Trump es el Mal; Biden, el Bien”; “Biden debe ganar, porque nuestras manipuladas encuestas le dan una victoria holgada, que es la victoria del pueblo americano, es decir la victoria que decide el gobierno secreto”; “Ya va siendo hora de recuperar la democracia, que con Trump estaba muy dañada”, etcétera.

La prensa canalla, regada con millones de dólares procedentes de los más oscuros negocios, no informa, sataniza, obstruye la verdad, falsifica la realidad, quiebra la esperanza, sacrifica la luz a la oscuridad. Su objetivo es ganarse el pan de la Bestia, carne corruptora de la Cabra de Mendes, carroña que los sacrílegos sacerdotes de la Mentira difunden entre sus adherentes, periodistas, voceros de la nueva izquierda violenta, activistas aborteros, indigenistas supremacistas, destructores de estatuas, matarifes de almas y demás excrecencias supuradas por el masónico e idólatra estado de bienestar, hoy en pleno desguace.

Para la prensa canalla, Trump es un monstruo desalmado –pese a que durante su legislatura no se ha iniciado ninguna guerra, al contrario que su predecesor, el aberrante “Nobel de la Paz” Obama–, mientras que el siniestro Biden (ese viejecito desdentado y manoseador de niñas –a juzgar por el visionado de varios vídeos escalofriantes–) aparece como un santón laico.

La prensa canalla odia a Trump porque ese hombre singular y lúcido, Donald J. Trump, piensa y dice lo que siente, todo lo contrario de lo que los mercenarios de la Sinarquía dicen y no piensan. Trump no necesita de sutilezas dialécticas ni arcanos sistemas filosóficos para denunciar una realidad inapelable en cuanto amenaza exponencial e imparable: que LA PRENSA ES EL GRAN ENEMIGO DEL PUEBLO, en Usa como en España.

No pretendamos ofrecer soluciones, sencillamente porque cuatro quintas partes de la población española seguirán tragando la mercancía ponzoñosa que el mass media les suministre desde sus letrinas desinformativas.

La verdadera revolución civil, queramos o no, empieza/debe empezar, por dar la espalda a los medios del Sistema: apague pues la TV, bloquee los digitales enemigos, lleve a cabo su cruzada contra la mala prensa… en las redes sociales, en los mentideros públicos, en la calle… niegue a los enemigos de la Civilización el acceso a su hogar, aunque aparezcan embutidos en pijamas de cachemira rosa…

¡ Guerra a la prensa canalla !

José Antonio Bielsa Arbiol ( El Correo de España )