LA PRIMERA MENTIRA

Si nos creemos el cuento de Adán y Eva no tenemos más remedio que aceptar que la primera mentira de la historia de la humanidad salió de la boca de aquella mujer cuando le llevo al convencimiento de que sería dios si se comía una manzana y con una chorrada de esa dimensión acreditó que era mucho más lista que aquel tonto esférico, a pesar de que por aquellos años, aún no se había inventado el adulterio, por ausencia de candidatos.

Reconozco que ese tipo de ocultación de intenciones conforma el espacio que nos reservamos los seres humanos para reafirmar nuestra libertad individual, porque todos los hombres y mujeres necesitamos ser dueños de nuestros pensamientos, deseos, miedos y, sobre todo, de nuestros vicios inconfesables. Gracias a esa esfera de nuestro ámbito privado somos más libres sin que ni siquiera la justicia nos puede obligar a decir verdad a los togados nos juzgan, con la aviesa intención de condenarnos.

Sé que lo que estoy escribiendo tiene toda la pinta de ser una apología de la mentira pero nada más lejos de mi intención porque hablo del ámbito privado y no del público o el de las relaciones sociales, donde existen unas normas elementales de comportamiento fijados por la ética y las leyes.

No entran en este capítulo ” la moral y las buenas costumbres” que, como su propio enunciado sugiere, tienen más que ver con imposiciones que emanan de cualquiera de los ámbitos del poder político o religioso, siempre tendentes a controlar las voluntades de los individuos.

En cambio la verdad política es la que debe estar más protegida por las leyes , porque tiene carácter de servicio público, aunque paradójicamente se conculca con más descaro, haciendo que el valor de la palabra dada este desnudo de compromiso.

Los políticos – desde Putin a Trump o desde Torra a Sánchez – la transgreden permanentemente y con total sensación de impunidad, porque para ellos el valor de la palabra dada públicamente, nunca adquiere categoría de compromiso.

Para cualquier ciudadano honesto resulta muy duro aguantar una mentira descubierta sin avergonzarse, en cambio para ellos no, porque están convencidos de que junto con su acreditación de personaje público adquieren una bula universal que les conducirá cualquier día a que se les caiga la lengua a trozos.

En España resulta muy barato doctorarse en falsedades y salir indemne de ese deshonesto comportamiento, porque los seguidores del mentiroso de turno se lo perdonan todo, convencidos ingenuamente de que solo están engañando a sus oponentes políticos.

La historia no ha cambiado desde que Nicolás Redondo Urbieta le dijo en un debate televisivo a Marcelino Camacho Abad “ Mientes, Marcelino, y tú lo sabes”.

Diego Armario