El lenguaje es el único elemento que le hace la competencia a la prostitución y a causa de esa perversión del idioma apenas se les denomina servidores públicos a los policías, bomberos, sanitarios, militares u otras profesiones dedicadas a garantizar el buen funcionamiento de algunas áreas fundamentales en la sociedad, pero en cambio se le otorga ese calificativo y otros más rimbombantes aun, como “padres de la patria”, a los políticos que enmierdan el día a día de nuestra vida cotidiana.

Algunos hemos conocido otras etapas del parlamentarismo español en las que, no ya los ministros sino casi todos los diputados, vestían la dignidad del cargo, hacían discursos con entidad, criticaban con dureza al oponente sin necesidad de insultarle, dialogaban y pactaban asuntos de interés general y se tomaban un café o unos tintos en Casa Manolo o Edelweiss, sin miedo a que nadie les insultara ni necesidad de tanto escolta que les protegiera.

Esos hombre y mujeres que nos representaban, cobraban un sueldo digno y no el pastizal que reciben los nuevos diputados y senadores en estos tiempos en los que el trabajo, la dignidad, las formas y el sentido de Estado no van incluidos en las obligaciones de su cargo y su sueldo.

Ahora cualquier patán indocumentado, sin experiencia ni convicción ocupa un escaño y se lleva a fin de mes a su casa entre 5.000 y 8.000 euros, si a su sueldo se le suman extras y complementos.

Por eso no estar en una lista electoral o perder la confianza del jefe al que obedece como un perro callejero a su amo es un verdadero drama, y solo los que tienen de que vivir fuera del escaño, regresan a su profesión, pero los indigentes de oficio son capaces de matar o traicionar a quien sean por “servir a España …o a quien sea menester”, sin perder la paga que no cobrarían si se quedan fuera del circuito.

Estos servidores públicos que se sirven de lo público para vivir como no lo habría hecho en su puñetera vida en un trabajo fue a de la política, son los que, dos o tres días a la semana, vociferan, aplauden, amenazan, insultan a los demás y, de paso, ensucian nuestras instituciones, incluso cuando manchan los asientos de los escaños.

Si la calidad de una sociedad se mide por el prestigio que tienen e inspiran sus parlamentarios y políticos en general, estamos a punto de entrar en el Guinness World Records.

Diego Armario