LA RAÍZ POPULISTA DEL INDEPENDENTISMO

Cataluña tiene la virtud, escribió con sorna Chaves Nogales, “de convertir a sus revolucionarios en puros símbolos, ya que no puede hacer de ellos perfectos estadistas”. Puigdemont nunca fue un estadista y se dejó arrastrar por los herederos del anarcosindicalismo revolucionario. Ahora, tras inocular en la sociedad catalana el veneno de la división, el ex presidentse erige en símbolo del martirologio separatista. De ahí que ya no ponga ningún freno a su verborrea, que el sábado encontró el calor de 45 cómodos minutos de entrevista-publirreportaje en TV3.

A la sobredosis de demagogia, al imperio de la mentira y a la explotación de los temores sociales, el independentismo suma la pulsión eurófoba, el único ribete que le faltaba para adherirse a los extremistas, ya sean Le Pen, la Liga Norte o Syriza. Que Puigdemont desprecie el proyecto comunitario o que cuestione la permanencia de Cataluña en la UE muestra la deriva nacionalpopulista de la extinta Convergència y del resto de fuerzas secesionistas. Bruselas señaló con rapidez a otros movimientos de corte insolidario, supremacista y xenófobo. Ahora ya nadie en la opinión pública europea debería dudar: el nacionalismo es una variante tóxica y destructiva del populismo.

ElMundo

viñeta de Linda Galmor