LA REFORMA TORTICERA QUE ARRIESGA LA CONSTITUCIÓN

El juego que se trae Pedro Sánchez con su propuesta de supresión de los aforamientos empieza a ser vergonzoso. Lanzó la idea con impostada solemnidad -rodeándose de ministros en un acto de partido- en plena crisis desatada por las fundadas dudas sobre la originalidad y autoría de su tesis doctoral, a modo de evidente cortina de humo para distraer la atención de la opinión pública.

Lo hizo también para presumir de compromiso regeneracionista y tratar de arrebatar esa bandera a Ciudadanos, que siempre defendió la necesidad de reducir drásticamente el número de aforamientos, condición de la que gozan cerca de 200.000 miles de funcionarios y cargos políticos en nuestro país.

Ahora bien, como explicó ayer Carmen Calvo en la rueda posterior al Consejo de Ministros que aprobó el respectivo anteproyecto de ley, la reforma socialista afectaría a una porción «cuantitativamente pequeña»: los políticos mantendrían el privilegio, lo que traiciona justamente el espíritu de la reforma, dejándola en mero retoque cosmético.

Pero es que además nada de esto parece en absoluto viable, ni mucho menos deseable. El Gobierno, pese al informe favorable del Consejo de Estado, es consciente de que no cuenta con el consenso de los partidos. Se abre un periodo de un año para presentar las modificaciones derivadas de una reforma que exigiría la modificación de la ley orgánica del Poder Judicial y la aquiescencia del PP, que cuenta con la mayoría absoluta en el Senado capaz de frenar cualquier modificación constitucional.

Pero ahí no acaban los riesgos: Podemos, que tiene diputados para ello, ya ha anunciado que obligará a someter a referéndum cualquier cambio constitucional, y que aprovecharía dicha consulta para colar su obsesión antimonárquica, de igual modo que el PNV condiciona su apoyo a acabar con la inviolabilidad del Rey.

Por eso la medida de Sánchez no solo constituye un globo sonda de grosera intención electoralista, sino una muestra más de su característica falta de escrúpulos, esa que le permite poner en riesgo la arquitectura institucional del Estado -en la semana previa a la conmemoración del 40º aniversario de la Carta Magna, lo que añade desfachatez a la inoportunidad de este debate- con tal de hacerse propaganda y aferrarse un poco más al poder sin convocar elecciones.

El Mundo

viñeta de Linda Galmor