LA SEGUNDA TRANSICIÓN

Si en vez de preguntar hoy a los españoles qué partido prefieren, si en todas las elecciones se nos preguntase qué España desearíamos, estoy casi seguro (seguro del todo son ganas de equivocarse) que la mayor parte responderían que la del progreso social y la paz ciudadana.

O sea, la España de la Transición, cuando, en una situación parecida a la actual, pero mucho más arriesgada al encontrarnos en un cambio de régimen y de era, en la que se impuso no el olvido, como algunos pretenden, sino el recuerdo de una guerra civil en la que muchos habían participado y una posguerra triste y pobretona.

Han pasado cuarenta años, los mismos que duró aquel periodo, ochenta en total, y España es completamente distinta: estamos en Europa, crecemos incluso más que ella y los españoles no tienen que emigrar para «hacer la América», sino que los hispanos vienen a hacerla aquí.

Pero los problemas de fondo siguen siendo los mismos: la insolidaridad, la arrogancia, la envidia, nosotros y ellos, el yo primero y quien venga detrás que arree siguen imperando como si nada hubiéramos aprendido y todo lo hubiésemos olvidado. Tanto es así que rebuscamos en la historia conflictos ancestrales para enfrentarnos.

¿Qué ha fallado en la Transición para que de una esperanza de progreso y convivencia haya devenido en enfrentamiento no sólo entre los enemigos tradicionales, como la izquierda y la derecha, sino dentro de ellas

Pues han fallado bastantes cosas, la primera, el ir de un extremo a otro sin término medio, pasar de un régimen autoritario, o dictadura si se quiere, a una democracia sin haber demócratas, al creer la mayoría que son sólo derechos y libertades cuando la democracia consiste principalmente en deberes y responsabilidades individuales y colectivas.

De tener prohibidos los partidos políticos se pasó a darles todos los poderes, el ejecutivo, el legislativo, el judicial en parte, y (menos mal, porque es la que nos sostiene). De una centralización férrea se pasó al federalismo encubierto de las autonomías, transfiriéndolas poderes, como la educación que es tanto como transferir el futuro no sólo de la Nación, sino del Estado, y, como dice la ley de Murphy, si algo puede salir mal sale mal.

Como ha salido, hasta el punto de tener a Cataluña medio sublevada, a las viejas regiones enfrentadas y empezar a desenterrar muertos, en vez de seguir el consejo bíblico de dejarlos en paz. Pero eso no fue debido a la Transición, sino a traicionar la Transición, que buscaba justamente lo contrario.

Conocí en medio siglo fuera a muchos exilados y lo menos que querían la mayoría era volver a la guerra civil. Carrillo, Tarradellas, incluso un miembro de las «Brigadas del Amanecer», dedicadas a «pasear» fascistas, querían precisamente evitarla.

Pero algunos de sus hijos y nietos, como en el otro bando, ansían volver a librarla. Lo que significa que necesitamos no cargarnos la Transición, sino volver a su pureza original. Sería una buena brújula al votar hoy: la España que queremos. Pero hace tiempo que he perdido la confianza en mis compatriotas.

José María Carrascal ( ABC )