LA SIMA

Más que una cumbre, lo que hay en Biarritz es una sima, un agujero negro al que han ido a parar todas las desavenencias, conflictos, resquemores y pugnas entre las grandes potencias. No sé por qué los antisistema se han molestado en acudir, porque los reunidos se bastan y sobran para mostrar al mundo que no van a arreglar ninguno de los problemas que le afligen.

Aunque también es verdad que esos chicos y chicas si no salen con sus pancartas, pedradas y quema de contenedores consideran que han perdido el tiempo. Pero esta vez les han ganado la mano los reunidos: nunca ha quedado tan de manifiesto la desunión, el desafecto e incluso desgarro en las altas esferas como en la ciudad tenida como casa de citas de alta alcurnia y baja estofa, ETA incluida.

Quien se ha encargado de preparar un escenario tan grotesco como chirriante es Donald Trump, que llega con una declaración de guerra comercial a China, elevando los aranceles a los productos chinos y recomendando a sus grandes empresas que abandonen aquel país.

A lo que Pekín no ha tenido más remedio que contestar con igual contundencia. En las guerras comerciales, como en las de fuego, todos salen perdiendo y cuando digo todos no me refiero sólo a los contendientes sino al mundo entero, cuyas Bolsas caen a plomo. Estados Unidos es uno de los grandes clientes de los productos chinos, pero China es el mejor comprador de deuda pública norteamericana. La paradoja de la rana y el escorpión vuelve a repetirse.

Mucho más grave es que Trump ha creado escuela y empiezan a surgirles imitadores. Boris Johnson, el primero, con sus alardes del brexit duro, como si su país no fuera el que más va a sufrir.

Bolsonaro es otro. Su pasividad ante los incendios en la Amazonia, el gran pulmón del planeta, para convertirla en campo libre para la ganadería y agricultura, sigue la pauta del «America first» de Trump. Y un Macron galleando a todos, como anfitrión y como francés.

Hay más, pues los malos ejemplos suelen tener más imitadores que los buenos, pero no tengo espacio para enumerarlos.

En cualquier caso, que nadie espere de Biarritz una solución a los grandes problemas que nos aquejan, desde el cambio climático a la inmigración, pasando por la nueva carrera armamentística, con pruebas de nuevos misiles rusos y norteamericanos de carácter más ofensivo que defensivo.

Vamos hacia atrás y en algunos aspectos parece que hemos retrocedido un siglo. Que no se entienden sólo las grandes potencias, sino también las pequeñas lo comprobaremos cuando empiecen a hablar los «invitados», entre ellos nuestro presidente, invitado por Macron.

¿Se cubrirá con la gloria de los españoles que «liberaron» París o propondrá despachar buques de guerra a rescatar inmigrantes con un gasto infinitamente mayor que traerlos en primera clase de avión? Siento curiosidad por saberlo, pues en engañifas pocos le ganan.

Mientras la fecha tope para unas nuevas elecciones se estrecha y su juego con Iglesias de ver quién es más gallina se ensancha.

José María Carrascal ( ABC )