Indagar la verdad, defender la justicia. Ese es el reto. Y la estrategia pasa inevitablemente por desvelar la propaganda de quienes nos consideran y llaman diariamente imbéciles desde sus medios de información. Pero como nosotros mismos no tenemos claro el desafío ni el objetivo, por eso nos esparcimos en cuestiones bizantinas y estériles y finalmente nos disolvemos.

Y así, si no conseguimos cambiar radicalmente la tendencia maléfica que nos han impuesto, los amos y sus sicarios nos seguirán aherrojando y liquidando con la misma extrema facilidad con que hasta ahora nos han puesto las cadenas.

No podemos consentir que se nos arruine la bolsa y la vida mediante el permanente engaño, por fas o por nefas, de su agitprop. En la actualidad, tal como están las cosas en nuestras pulcras y putrefactas democracias, criaderos -en lo globalista- de agendas aberrantes y -en lo nacional- de esbirros frentepopulistas y peperos, la moderación, la indiferencia o el silencio deben ser calificados de sometimiento o, mejor aún, de traición a la verdad y a la justicia.

Ellos, poseedores de la superstición del Estado -y sus dueños-, lo han convertido en un ente omnisapiente y todopoderoso. Y, claro, creyentes de la magia gubernamental, piensan que el poder, su poder, lo puede todo, pero que no está obligado a nada. Ante la ciudadanía -la mayoría que les vota y aplaude y la minoría que les cuestiona-, su celo dogmático los exime de la racionalidad y la justicia. Así, se sienten nuestros amos, y nosotros sus esclavos. Aunque nos autoengañemos, y no queramos verlo ni entenderlo.

Todo ello sin que, hasta el momento, esa ligera masa crítica que se les opone, a la que anatematizan y etiquetan, tratándola de conspiranoica, pueda impedirlo. Porque aquí, y tal vez también en Occidente, en las últimas décadas no ha habido otra conspiración que la de unos demócratas de diseño para robar y traicionar e incluso asesinar, haciéndose remunerar por ello.

Y, si el pueblo estuviera medianamente sano, no podría haber manipulación informativa lo suficientemente poderosa capaz de ocultar la anomalía judicial que constituye la presencia fuera de las cárceles de quienes han planificado su vida en la deslealtad y en el delito, es decir, en el dolor ajeno.

El caso es que los ladrones y asesinos andan sueltos por las calles y por los parlamentos y suben a las tribunas para seguir adoctrinando al gentío con sus imposturas.

Por desgracia, a pocos parece resultarles curiosa la posición de estos prohombres de la democracia que se han caracterizado por culpar a los opositores -vivos o muertos- de todos los males que afectan a sus imperios, sean económicos o industriales, inflacionistas o salariales, empresariales o culturales, ecológicos o poblacionales, sanitarios o financieros, pacifistas o bélicos, doctrinales o sexuales.

Que se han caracterizado, digo, por cerrar, transformar o desplazar a voluntad sus empresas multinacionales para «sanear» la economía; por disciplinar a la plebe mediante el rigor de políticas o ingenierías sociales «de ajuste y control»; por estar implicados en operaciones internacionales irregulares y criminales, y todo esto llevando como llevan décadas dirigiendo el mundo con garras de acero y furibundas aboliciones contra toda disidencia. Ellos siembran y cosechan el mal, pero los culpables son quienes denuncian sus turbiedades.

La única ética que mueve a la plutocracia y a sus lacayos es el beneficio privado; por tanto, no es factible plantear a cualquier capitalista ni a sus epígonos que autorregulen sus ganancias en función de un código de principios. De ahí que no haya otra opción que obligarles a ello.

El día en que los oligarcas especuladores y sus títeres vayan a la cárcel por delitos relacionados con la responsabilidad social, penal, política y económica que tienen y han tenido, podremos pensar que nuestra sociedad se halla en el camino de la verdad y la justicia.

Hasta entonces seremos una sociedad zombi.

Jesus Aguilar Marina ( El Correo de España )