LA SOLEDAD DEL PS

De no ocurrir un terremoto, Pedro Sánchez será investido mañana presidente, puede que por su propio voto, pero en estas votaciones pasa como en el fútbol: gana quien tiene más goles o escaños, sea uno o diez. La pregunta que nos hacemos todos es: ¿podrá gobernar? Y la respuesta general es que lo tiene muy, muy difícil.

El debate de investidura, el más bronco que se recuerda, mostró que la oposición no va a darle cuartel y que ni siquiera los que le dan su voto confían en él. La advertencia de Rufián «sin mesa (es decir, si no cumple lo acordado) no hay legislatura» suena como campana que tañe a muerto. Mientras Iglesias seguía sus palabras con el ansia del que se está diciendo: «A ver por dónde me mete éste el pufo».

Y es que Sánchez parece estar compitiendo por el récord Guinness de mentiras por hora, algo más difícil de alcanzar que una medalla olímpica, tal como se ha puesto la escena pública. Aparte de haber dejado un rastro de contradicciones que creerlas requiere la comparación del camello que pasa por el ojo de una aguja, empezando por el cambiazo que ha dado al nombre de las cosas.

Con la cara más seria, Sánchez quiere pasar el conflicto catalán de la Justicia a la política, cuando una política sin Justicia es la vuelta a la selva, la peor de las injusticias al dejar sin protección a los más débiles.

Quiere también diálogo con los secesionistas, cuando éstos ya le han dicho por activa y pasiva que no renuncian al «derecho a decidir», la independencia. ¿Qué clase de diálogo es ese? ¿Ceder, ceder y ceder? ¿O, visto que Eta fue premiada por dejar de matar, pretenden lo mismo con la independencia?

Aparte de que no poder dársela aunque quisiera, por pertenecer al entero pueblo español. «Creemos en el poder transformador de la política», nos dice con aplomo. Pero al único transformado es a él, que no ha mucho aseguraba que no pactaría nunca con nacionalistas.

Es lo que ha hecho que nadie confíe en él y que se le haya llamado de todo, desde traidor a felón. Cuando la realidad es que Pedro Sánchez es sólo sanchista, todo lo ve desde la óptica personal, que no es desde luego la mejor para llevar un país.

Es, con Zapatero, el menos intelectual e informado de los presidentes españoles en la democracia, como demuestra su incapacidad de escribir sin ayudas y de hablar sin chuletas, aunque lo disimula con su buena planta. Suárez tampoco era un intelectual, pero lo suplía con el valor de los auténticos líderes, mientras PS suele esconderse tras otros, generalmente mujeres.

Y si pensamos en los desafíos que le esperan en su segundo mandato, con la oposición dispuesta a no pasarle una y sus socios preguntándole «¿Qué hay de lo mío?» se queda uno preocupado. Pero es lo que hay, y como ha ganado las últimas elecciones, tenemos que apechugar con ello.

Lo que quiere decir que nuestro gran problema no son los secesionistas, ni el paro, ni la posible recesión. Es Pedro Sánchez.

José María Carrascal ( ABC )