La indiscutible victoria de Luis Arce en las elecciones presidenciales en Bolivia no es el resultado que muchos partidarios de la democracia liberal esperaban.

La crisis económica asociada a la pandemia de coronavirus puede explicar en parte que muchos ciudadanos hayan querido aferrarse a la imagen de un gestor económico como Luis Arce, que en los tiempos de mayor bonanza de la última década firmó un espectacular repunte de la riqueza del país.

Para la presidenta provisional saliente, Jeanine Áñez, queda la gestión razonable y limpia de un proceso electoral del que sin duda ella hubiera esperado otro resultado, aunque no le ha impedido ser la primera en felicitar al vencedor, como rigen los usos democráticos.

Arce debe tener en cuenta ahora que el elegido ha sido él, y no debe aceptar en ningún caso convertirse en una marioneta de Evo Morales, cuya sombra ha estado presente en toda la campaña. Todas las investigaciones y procesos judiciales en marcha contra alguien que abusó de sus prerrogativas para mantenerse ilimitadamente en el poder deben poder seguir su cauce sin interferencias.

Si Morales vuelve a Bolivia para tratar de imponer en Arce una mezcla de populismo bolivariano y egolatría presidencialista, debería ser para saldar los asuntos que pueda tener pendientes con la Justicia, que no son pocos.

En sus primeras declaraciones, el presidente electo ha dicho que quiere gobernar para todos los bolivianos, que es exactamente lo que se espera de él. No podrá repetir tan fácilmente los años de bonanza espectacular que logró cuando podía recurrir a las ayudas ilimitadas de la dictadura chavista, pero puede hacer una gestión razonable y sensata.

Si intenta reproducir las mismas recetas de los tiempos de nacionalizaciones y subsidios, fracasará.

ABC