Mientras escribo estas líneas  en una mañana fría de cielo plomizo,  los niños de San Ildefonso recitan con un tono cansino, una serie de números sin sentido que mantienen a millones de ciudadanos agarrados a una vana esperanza.

Cada 22 de diciembre la gente que  ha comprado el décimo que nunca toca, acaba diciendo al final del sorteo  aquello de…“al menos tenemos salud”, y este año  los más afortunados serán quienes conserven a buen recaudo esa participación que hoy se cotiza  más que nunca.

He leído unas declaraciones de Anthony Hopkins , que el próximo día 31 de diciembre cumplirá 83 años, en las que afirma que “la idea de la muerte te enseña a apreciar la vida”,  y  conceptos como éstos solo son obvios para gente con inteligencia y sensibilidad, dos cualidades que  la naturaleza no les  regala a cualquiera.

 La fechas que  están regresando a nuestras vidas, esta vez son más tristes porque nos roban momentos del recuerdo que no sabemos si podremos recuperar, y salvo en la mente de los que nunca serán felices a los demás nos surgen añoranzas de futuro cada vez que imaginamos una ausencia, pero no por eso debemos entrar en barrena porque la suerte se vive todos los días, si nos empeñamos en no dejarla pasar de largo.

Como de costumbre estos días siempre hay gente que está  todo el tiempo  de mal humor, mirando la vida a través de un cristal rayado  y odiando a enemigos invisibles o lejanos que nunca se cruzarán en su camino.   Solo se hacen daño  a sí mismos  porque su ira es tan inútil que cada vez que escupen hacia el cielo  el esputo aterriza en su rostro.

Sin embargo no hay que desesperarse. Este año ha aumentado  en España el número de estoicos, una actitud filosófica que no tiene necesariamente nada que ver con la edad, porque la inteligencia y la estupidez no le hacen ascos a nadie ,  y menos aún a quienes hacen méritos para merecerlas.

Mi consejo es que le hagamos caso a Anthony Hopkins y apreciemos lo que nos da la vida… mientras sigamos aquí.

Diego Armario