Se habla tanto de ella que parece estar a punto de llegar, como ocurrió con la Segunda, que hasta los intelectuales formaron una asociación «al servicio de la República». Lo que no impidió que, a los pocos meses, el más renombrado, Ortega, dijese «No es esto, no es esto».

Pero no adelantemos acontecimientos. Si aquélla llegó con amplio apoyo popular, aunque también mucho rechazo, ésta cuenta sólo con el respaldo de quienes quieren acabar con el régimen y periodo más largo de prosperidad y libertades que ha tenido España en su reciente historia, hasta el punto de tener en común con aquélla sólo ese afán cainita y autodestructivo en el ADN español.

Para comprobarlo, basta coger el coche y salir en cualquier dirección para encontrarse con gentes, villas y paisajes completamente distintas a las de hace un siglo. Lo único que sigue igual es la bronca en el Congreso y la ignorancia de lo que es una República.

Teóricamente, la República -del latín res, cosa, pública- es la democracia por antonomasia, al extender la soberanía de un país a su entero pueblo. Pero dadas las dificultades de llevarlo a la práctica, el pueblo elegirá a unos representantes, que a su vez nombrarán un gobierno.

La experiencia advierte que puede haber repúblicas tan buenas como malas y el simple hecho de que todos los regímenes comunistas, en los que las libertades están severamente coartadas, se autodenominen repúblicas advierte que llamarse así no significa soberanía popular.

En España tampoco hemos tenido suerte con ellas. La Primera duró solo once meses, tuvo cuatro presidentes y acabó con un general, Pavía, entrando a caballo en el Congreso. De la Segunda, aún sentimos las sacudidas, pues nos llevó a una guerra civil de tres años y una dictadura de casi cuarenta.

¿Cuánto duraría la Tercera tal como está el patio? Más apropiado sería preguntar cuánto tardarían los nacionalistas catalanes en declarar su independencia. Seguidos de los vascos. Puede que de los gallegos (aunque algunos preferirían unirse a Portugal, si les aceptaran) y del resto de las Autonomías, por no ser menos.

Si antes no había un alzamiento político-militar, de media España contra la otra media, cuyo desenlace no alcanza a vislumbrar nuestra imaginación. Pero si Iglesias en el Gobierno quita ya el sueño a muchos, verle al frente del mismo por pura carambola parlamentaria sería inadmisible para más.

El problema de fondo es nuestra ignorancia de la democracia. La asimilamos enteramente a derechos, cuando exige tantos o más deberes. Uno es libre en la medida que acepte la libertad de los demás. Es decir, respeta las leyes y normas acordadas entre todos.

Pero con individuos o partidos que proclaman su superioridad moral sobre los demás, que les exime de tales deberes, la República se convierte en campo de Agramante o de concentración. No me atrevo a vaticinar en cuál de ellos terminaría la Tercera República española.

Pero que terminaría con España, seguro. «A la tercera va la vencida», dice el refrán.

José María Carrascal ( ABC )