El martes, en la comparecencia con que le perdonó -por ahora- la vida política a Felipe VI, Pedro Sánchez dijo para elogiar al actual monarca que las instituciones robustas -adjetivo de moda en el lenguaje que Amando de Miguel llama politiqués- «se abonan con ejemplaridad y transparencia».

Y se quedó tan satisfecho como el que acuña un proverbio. Pero esa frase tan solemne, con la que es imposible estar en desacuerdo, la dijo el hombre que sigue escondiendo, tras cinco meses de pandemia, el número real de muertos.

El que primero se inventó un ficticio comité de expertos, luego se resistió a dar a conocer la identidad de sus miembros y a explicar quién redactaba los informes técnicos, y finalmente negó la existencia del citado órgano al Defensor del Pueblo. El que usó el estado de alarma para ocultar los contratos de compra de equipamiento médico.

El que camufló en un decreto sanitario la inclusión en la comisión del CNI del vicepresidente del Gobierno. El que permitió a su ministro de Fomento seis versiones distintas del encuentro con la lugarteniente de Maduro en el aeropuerto. El que mantiene la hoja de vuelo de sus viajes en secreto. Son sólo unos ejemplos. Todo un paradigma de transparencia del que tomar lección, enseñanza y consejo.

En punto a ejemplaridad, hay por ahí ciertos desplazamientos en helicóptero del Ejército y en Falcon para asistir a eventos tan cruciales como la boda de un familiar o un festival de verano. Una falsificación/copia escandalosa de un trabajo de doctorado.

Una urna detrás de una cortina para salir de un mal trago en un conflicto partidario. Un record en nombramiento a dedo de asesores y altos cargos. Varios ministros dueños de pantallas instrumentales a efectos tributarios y una ministra enviada directamente desde el Gabinete a la Fiscalía del Estado. Una colección de mentiras tan numerosas y frecuentes que desbordan cualquier inventario.

Y un socio de coalición cuyos principales dirigentes están acusados de pucherazos internos varios e implicados en denuncias falsas, cobros de Irán y de Venezuela, fraude a la Seguridad Social y daños en archivos informáticos privados. Un excelente currículum, en conjunto, idóneo para «robustecer» la musculatura moral del Estado.

Ése es el tribunal encargado de establecer un veredicto ético, no ya sobre don Juan Carlos, al que los indicios dejan en todo caso y a todas luces muy mal compuesto, sino sobre la honestidad institucional y personal de Felipe VI.

El que le ha aconsejado que envíe a su padre al extranjero para levantar un «cortafuegos» con el que protegerse de un incendio extendido, aunque no provocado, por los propios bomberos.

Este sanedrín farisaico es el que establece en España el estándar de calidad, de decencia y de limpieza democrática. Cuál de sus miembros tiraría la primera piedra si el Rey hubiese plagiado una tesis universitaria.

Ignacio Camacho ( ABC )