Estamos en medio del vórtice de una tormenta perfecta: los contagios se han disparado, varias comunidades autónomas han perdido al gobierno que decrete el Estado de Alarma, los expertos médicos y científicos reclaman medidas más estrictas,  un sector no cuantificado de la población actúa con una irresponsabilidad punible que coadyuva a la propagación de los contagios, el diario El País ha publicado un editorial  que dice que “en una situación como la actual, la activación del estado de alarma tal y como se plantea es una medida lógica, necesaria y absolutamente constitucional”, y Pedro Sánchez lo primero que ha hecho ha sido cambiarle el nombre a las cosas.

De la misma forma que Sánchez le llamo “ nueva normalidad”,  a la primera fase de la pandemia  en la que estuvimos tan jodidos que el gobierno decidió contar a la baja los muertos que es una costumbre que mantiene a día de hoy, ahora que volvemos a estar  de capa caída ha decidido llamarle “restricción de la movilidad nocturna”  a al estado de alarma, que suena peor.

Dada su afición a darnos sermones inacabables  en los que no nos informa de nada en concreto porque solo dice obviedades vulgares, el Presidente lleva camino de convertirse en un telepredicador, aunque por ahora solo  ha conseguido parecerse a un hombre del tiempo que se equivoca en las previsiones meteorológicas, porque cuando nos anima a que salgamos a la calle porque hemos vencido la pandemia, acaba cayéndonos un chaparrón.

En el fondo de la cuestión yo estoy de acuerdo con que era necesario dotar a las Comunidades autónomas de instrumentos legales para poner en funcionamiento medidas restrictivas que sirvan de freno  a  los contagios, pero es absolutamente necesario por higiene democrática que la restricción de movilidad y el toque de queda nocturno  sean dos instrumentos perfectamente supervisados por el Parlamento y  vigilados por los tribunales de justicia.

Aprobar a priori por un periodo de seis meses esas medidas excepcionales ofrecen no solo serias dudas sino justificadas preocupaciones, teniendo en cuenta el desahogo con el que se comporta el gobierno para tomar decisiones, no contempladas en esa autorización y meter de rondón otras disposiciones ilegitimas por no hacer sido previstas ni discutidas.

Regresando el Editorial de El País en el que apoya al gobierno también afirme que  “la gestión de la pandemia por parte del Gobierno de Pedro Sánchez puede y debe ser criticada. Los malos datos registrados en España tanto en la primera como en la segunda oleada son, en buena medida, su responsabilidad.

Así es,  y debería empezar a asumir que gobernar es un servicio público a todos los ciudadanos y no un aprovechamiento, a veces espurio, de situaciones límites para barrer para casa.

Diego Armario