La ronda de entrevistas de Pablo Iglesias con ERC y con Bildu ha hecho pública la falta de ética política del Gobierno de Sánchez. Formalmente eran conversaciones con golpistas y proetarras sobre su disposición a apoyar los presupuestos para 2021.

Pero no hay proyecto alguno de presupuestos, y será difícil que el propio Gobierno se ponga de acuerdo internamente para que los haya, vistas las diferencias entre Unidas Podemos y los ministros económicos. Realmente cabría preguntarse si Sánchez quiere que haya presupuestos, porque no está haciendo nada para conseguirlo.

Desprecia al principal partido de la oposición, el PP; maltrata a un posible socio, Ciudadanos, que tampoco se queja; y dispersa el liderazgo que le corresponde mandando a su vicepresidente segundo a negociar con partidos cuyo único interés es hacer daño a España.

No hay que tomar las gestiones de Iglesias con ERC y EH Bildu como una astuta jugada de Sánchez para tener entretenido a su vicepresidente. Iglesias está interpretando el papel que Sánchez necesita para seguir gobernando -con presupuestos o sin ellos- sobre la coalición de la investidura.

No hay borrador. No se habla de cuentas públicas, ni de reconstruir España. El acuerdo que busca el Gobierno es político, para consolidar otro «pacto del Tinell». Iglesias lo dejó claro al confiar en Rufián y Aizpurua la estabilidad del Ejecutivo, con la vista puesta en una vuelta de tuerca al pertinaz proceso de desconstitucionalizar España.

Ciudadanos tiene que asumir que Sánchez lo quiere como una comparsa de su estrategia de división del centro-derecha y de anulación de la propia formación naranja. Mientras nuestro país sigue sumido en la peor gestión de la pandemia, el plan socialista contra la Transición y el pacto de 1978 avanza a ojos vista.

ABC