LA TRANSPARENCIA DEL PUÑO

A Pablo Iglesias e Irene Montero les gusta hablan con el puño en la boca, o la mano abierta tapándose las palabras, una costumbre  copiada de los futbolistas que  durante los partidos se comunican de esa manera para evitar que los contrarios puedan leer sus labios y descubrir la estrategia que piensan poner en marcha.

 Pero desde que,  además de chalé, cama, niños, niñeras,  escoltas, perro, y demandas,  comparten un lugar en el gobierno y el banco azul les ha separado, ya no tienen más remedio que comunicarse o por teléfono o sin taparse los dientes, y no sé lo que es peor.

Tal vez parezca una exageración que me atreva a criticar ese comportamiento cuando – ¡faltaría más! – cada uno puede taparse lo que le venga en gana cuando habla con los demás, pero a mí se me antoja un gesto inadecuado  en  el templo de la palabra, donde aunque sea mintiendo, lo normal es que los diputados  hablen a calzón quitao, y si quieren hacerse alguna confidencia que elijan otro momento o se envíen un whatsapp, que tampoco es un método seguro porque al final se sabe todo y Mariló Montero acaba enterándose de que la quieren azotar.

Reconozco que me provocan una cierta curiosidad las confidencias secretas que se hacen en lugares públicos, porque aunque solo se intercambien chismes o asuntos sin sustancia, mi imaginación me lleva a construir un guion  exótico sin fundamento,  y yo necesito algo de chicha confirmada para que el relato final resulte creíble.

Quizás es que de tanto viajar en el Metro estoy mal acostumbrado porque allí cada día alimento mi imaginación con los cotilleos  de gente a la que no conozco, mientras se escucha  de fondo el traqueteo de las vías y el silbato que anuncia el cierre de las puertas de los vagones.

Aunque alguno lee un libro, otros oyen música en  sus auriculares, la mayoría son esclavos de sus teléfonos y los demás  intentamos captar los mensajes que involuntariamente emiten,  porque la  ausencia de voces hace más expresivo el lenguaje gestual de los silencios.

Me da la sensación de que nadie se siente observado y por eso viven con naturalidad sus conversaciones telefónicas,  algunas tan interesantes que, en más de una ocasión, he llegado a no bajarme en la estación a la que iba con tal de no perderme el final de una discusión de ex amantes en la que ella llevaba los pantalones.

¡De algo tiene que vivir el fabulador de historias!

Pero como creo que las ideas rebotan  esta mañana me he trasladado con la imaginación al hemiciclo del Congreso , que unos  días se parece a  la línea 6   del Metro, que pasa por todas las estaciones,  y las más de las veces se asemeja a la línea 4, que está en obras  y tiene suspendido el servicio.

Diego Armario