LA TRINCHERA INFINITA

Efectivamente, el cine en España, desde hace lustros, no se apea nunca de la propaganda de trinchera. Ochenta años después, los directores y actores de los Goya se empeñan en seguir haciendo la guerra civil, baste ver el número de películas premiadas empeñadas en contarnos lo buenos que eran los rojos y lo malísimos que eran los azules. El infinito sectarismo de nuestros cineastas alimenta una larga tradición de la izquierda española: la cultura prostituida al servicio de la política, o eso que en el metalenguaje marxista llaman intelectuales comprometidos.

Uno no puede evitar, al conocer las manidas palabras de Enric Auquer, dedicando su premio a “todas las antifascistas del mundo”, recordar la Alianza de Intelectuales Antifascistas para la Defensa de la Cultura. En el 36, estos intelectuales comprometidos con la causa republicana, entre los que se encontraban Miguel Hernández, José Bergamín, Max Aub o María Teresa León, crearon un Comité de Depuración entre cuyos miembros directores estaba Rafael Albertí, que a través de una publicación semanal denominada El Mono Azul (nada que ver con los falangistas, por supuesto) se dedicó en una columna titulada “A paseo”, a señalar a los intelectuales que debían ser depurados, por su desafección con la II República. Por supuesto, lo de “a paseo”, sin disimulo alguno, significaba que había que dar matarile a semejantes fascistas enemigos del pueblo.

Los intelectuales comprometidos señalaron para mandar “a paseo” a Miguel de Unamuno, Pedro Muñoz Seca, Manuel García Morente, Fernando Vela, Ernesto Giménez Caballero y Rafael Sánchez Mazas. Los que se encontraban en la zona nacional se libraron. García Morente tuvo que huir al exilio. Giménez Caballero, tuvo que esconderse entre julio y octubre del 36 y evadirse de la zona roja bajo identidad falsa.

Sánchez Mazas, permaneció oculto de Madrid, pero fue apresado en 1937 en Barcelona cuando pretendía huir a Francia, se libró milagrosamente cuando en el 39, tras ser fusilado, le dieron por muerto. Muñoz Seca no tuvo tanta suerte, cayó asesinado en las matanzas de Paracuellos.

Ese mismo espíritu intolerante anida en los cineastas comprometidos de hoy en día. Infames promovedores del guerracivilismo se dedican a falsificar la historia, como ha sucedido con la película de Amenábar sobre Unamuno y Millán Astray o los Goya de esta edición, en la peor tradición de la función del intelectual al servicio del totalitarismo.

La labor política de los cineastas de los Goya no difiere gran cosa de la desempañada por Gorki y otros intelectuales bolcheviques, como Mijaíl Zóschenko, Víctor Shklovski, Mijaíl Shólojov y el cineasta Sergei Eisenstein, cuando alababan el régimen de la URSS.

Por ejemplo, en los años 30 presentaron el canal Stalin, del mar Blanco al mar Báltico, como una “escuela” de educación socialista, pese a que eran sabedores de que había sido construido por mano de obra esclava, y que miles de presos habían muerto. Pablo Neruda en 1953 lamentaba el fallecimiento del tirano en su Oda a Stalín y el mismo Rafael Albertí por esas mismas fechas escribía: “José Stalin ha muerto. Padre y maestro y camarada”, respaldando todos ellos el régimen comunista, antidemocrático hasta la médula.

Fanáticos al servicio de la propaganda, hoy en España avalan el cainismo y la revancha frente a la reconciliación y la verdad, a la que atacan bajo la etiqueta, una vez más, de antifascistas. En España el mundo del cine representa, como ningún otro sector cultural, ese universo totalitario de la ultraizquierda en el que sólo cabe el intelectual comprometido o el obediente.

Frente a ellos, recordemos a Orwell y su reivindicación de la libertad intelectual, comprometida tan sólo con dar «cuenta de lo que se veía, se escuchaba y se sentía, sin estar obligado a fabricar hechos ni sentimientos imaginarios”.

Mateo Requesens ( El Correo de Madrid )