LA ÚLTIMA BATALLA DE FRANCO

Demostrando lo que es, el gobierno frentepopulista que preside Pedro I El Profanador logró el pasado jueves consumar su venganza contra un cadáver. Es lo máximo que ha podido conseguir el cautivo y desarmado ejército rojo.

Después de cuarenta años de constantes insultos y difamaciones, de mentiras destinadas a mentes débiles y jóvenes desnortados, unos huesos con bastante más dignidad que sus profanadores han salido del Valle de los Caídos para reposar, ojalá que esta vez sí eternamente, en el cementerio de El Pardo.

Hay algo todavía peor que el repugnante silencio de la jerarquía eclesiástica, la de Roma y la de Madrid, dejando que se profane una basílica y a un cristiano, sin decir ni mú. Algo aún más vergonzoso que el silencio de los estamentos militares, incluída la Legión, incapaz de un gesto, de una palabra, de un lamento ante el agravio a quien fue su principal valedor.
Hay algo más ruín y mezquino todavía que la cobardía del principal partido de la derecha, arrastrando la poca dignidad que le quedaba por las lentejas y el caviar que le regala el Sistema. Lo peor con diferencia de lo vivido este jueves fue el pasotismo absoluto del pueblo español ante la profanación de un Jefe de Estado.
Nos quedaríamos muy cortos si solamente culpásemos de este dislate a un PSOE que siempre ha sido y será vengativo y antiespañol. Muy cortos señalando también a los tribunales, esas muletillas de los partidos políticos, capaces de adecuar casi milagrosamente las leyes a los deseos de quienes eligen a sus miembros.
Los culpables de esta barbarie televisada es el conjunto de los españoles, unos por acción y casi todos por omisión. Incapaces de comprender que si un Gobierno es capaz de aplicar toda la violencia del Estado contra un cadáver indefenso, podría hacer cualquier cosa contra cualquiera de nosotros. Quizá lo comprobemos muy pronto.
No hace falta ser franquista para defender la verdad de Franco. No se trata de «nostalgia», como estúpidamente dicen los medios lacayunos del Sistema. Las mentiras sobre Franco empezaron en los libros de texto, siguieron en novelas y películas, y después no ha habido periódico, radio o TV, salvo alguna honrosa excepción, que no haya replicado las estupideces propias de una democracia hedionda como la nuestra.
Intentando dar lecciones de moral para ocultar su podredumbre. Amenazando ahora, por medio de la ministra de Justicia, con encarcelar a los franquistas en la certeza de que nadie será, en el futuro, defensor de esta charca de mugre en que los partidos han convertido la España del siglo XXI.
Le negaron los honores que merece un Jefe de Estado. Le negaron a la familia la posibilidad de cubrir su ataúd con la bandera que llevó en su entierro. Le negaron al prior del Valle la autoridad que tiene sobre su basílica, y a los monjes su derecho a estar donde les corresponde, echándoles de su casa.
Le han negado, sobre todo y ante todo, la dignidad que toda persona muerta merece, más aún si durante su vida recibió de la Iglesia la condición de católico ejemplar. El Estado español, en manos de un Gobierno lleno de odio y resentimiento, se ha ensañado con quien ya no podía defenderse.
Ayer veíamos cómo en las calles de Cataluña seguía el golpe de Estado en forma de rebelión, una evidente rebelión que el Tribunal Supremo no ha querido ver. El hombre a quien han intentado humillar el pasado jueves hubiese restablecido el orden en Barcelona en cuestión de horas.
Con menos demagogia democratista y con más pasión por España, con nulo interés electoralista porque nunca tuvo que renunciar a su obligación para convencer al pueblo de que le votase. Ahora, lo único que importa a los gobernantes son las urnas.
Decía Donoso Cortes que «O España acaba con el parlamentarismo, o el parlamentarismo acabará con España». Le preguntaremos a la ministra Delgado si esa frase es franquista o no. Lo que sí sabemos es que aquel hombre tenía pasión por España y la certeza de cómo solucionar nuestros problemas colectivos. Quizá por eso hayan querido vengarse de sus huesos; porque los profanadores, expertos en reavivar odios del siglo pasado, no saben por dónde les da el aire y no tienen ni idea de qué hacer con lo que queda de España.
El 10 de noviembre hay elecciones. Sánchez puede toparse de bruces con la baraka del Caudillo en forma de mayoría de derechas. Sería la última victoria de quien evitó que hoy España fuese, como los satélites de la Rusia estalinista, un desierto de miseria. Como el Cid, que ganó su última batalla después de muerto, Franco le puede devolver a España, dentro de dos semanas, lo que la izquierda cainita le ha robado con el permiso de todos nosotros.
Rafael Nieto ( El Correo de Madrid )