LA ÚLTIMA VICTORIA DE AMANCIO

De lo verdaderamente importante a los detalles personales, la coherencia de los líderes del movimiento populista tiende a lo zarrapastroso, por llamar de alguna manera al imposible matrimonio entre su discurso y su comportamiento.

Por ejemplo, hace cuatro meses Iglesias prometía «por su conciencia y honor» guardar «lealtad al Rey» y sin embargo, una vez sentado en su despacho de La Moncloa, la emprendió en público contra Don Felipe anhelando una república.

Tan grave falta a su solemne promesa ha pasado desapercibida, quizá porque ya estemos curados de espanto y casi nada en el dirigente populista llama la atención. Seguramente, y con un presidente del Gobierno cabal, o Iglesias rectificaba o a los cinco minutos de aquel tuit del 14 de abril ya tenía que estar con Irene en el chalé de Galapagar y no en La Moncloa. Pero tenemos a Sánchez…

Pasemos por tanto a los detalles. Ahí sí que no ha pasado inadvertido esta semana que después de desgañitarse contra Amancio Ortega sepamos que Iglesias se viste de Zara. Así quedaba demostrado en el forro de la chaqueta que llevó el otro día al Congreso, dos tallas por encima de la suya (como es habitual en él) pero de Zara, con lo que el discursito que se trae contra el empresario gallego quedaba deshecho y su emisor, en ridículo ante toda España.

No es el único, muchos miembros del orfeón anti-Amancio están en las mismas. Irene Montero, que comparte chalé y esa fobia con el padre de sus hijos, ha sido retratada con bolsas de la firma Stradivarius (también de Inditex), aunque trate de ocultar el «pecado» en las fotos poniendo un monigote para que pase desapercibido que también se rinde a Ortega.

Otro conspicuo anti-Amancio es Rufián, para muchos un ejemplar único del «bocachanclismo ibérico» y que lleva años intentando burlarse de él (ya saben, habló el mudo y dijo lo que pudo) criticando el compromiso social de quien lleva donados cientos de millones a la sanidad. Eso sí, según termina cada tuit contra el empresario, se pone su abriguito de Zara de temporada, que es fiel a la marca.

La ultraizquierda, separatista o no, no aguanta un set en el partido de la coherencia. Todo el edificio de su discurso social, político o económico se levanta sobre tardoadolescentes columnas de plastilina.

¿Recuerdan a Ramón Espinar con dos botellas de Coca-Cola en la bandeja del Senado tras pedir el boicot al refresco? ¿Y a aquel presunto Robin Hood maño, Santisteve, pasando al Ayuntamiento hasta la gomina del pelo?

¿Y a Echenique, que pagaba en B y no tenía dado de alta a su único empleado mientras pontificaba contra el compromiso fiscal de Ortega, que tiene en la Seguridad Social a sus 48.000 empleados, a los que paga en A?

¿Y a la ministra de Trabajo, gran defensora de la sanidad pública que contrata los test de sus funcionarios a una clínica privada? ¿Y al chaval de la beca-black? ¿Y Monedero y sus dinerales chavistas? El filón es inagotable.

Estos días Inditex ha donado 63 millones (miles de respiradores, millones de mascarillas, centenares de camas, decenas de miles de batas para sanitarios…) y puesto a disposición del Gobierno su red logística para traer material por valor de 430 millones.

Toneladas de solidaridad en la peor y más trascendental hora de España. Mientras, Iglesias y su tropa parlotean contra él… vestidos de Zara. Esa es la victoria definitiva de un gigante de la prosperidad, primer donante del país, sobre unos diminutos adanes cuya coherencia anda aún en cueros.

Álvaro Martínez ( ABC )