Algo muy serio vuelve a fallar en la gestión de la pandemia. Las señales de alarma por nuevos contagios se multiplican, la vacunación no pasa de ser por ahora mucho más que una campaña propagandística creada por Pedro Sánchez y Salvador Illa para su maniobra electoral en Cataluña, y los hospitales ya han empezado a advertir de un riesgo de colapso similar al de marzo.

En este proceso de normalización social de una auténtica anomalía, apenas han sido vacunados 82.834 españoles, lo que apenas representa el 11,5 por ciento de las dosis recibidas. El ritmo de vacunación es desesperadamente lento, y aunque todos los países europeos están experimentando más ralentización de la esperada, las expectativas en España resultan especialmente inquietantes porque con esta cadencia no se cumplirá la previsión de que en junio esté protegida el 70 por ciento de la población.

En este contexto, el Gobierno vuelve a sacudirse de encima cualquier responsabilidad y culpa a las autonomías, como es costumbre. Pero la indefensión del ciudadano, al menos a efectos informativos, es sobresaliente. Nadie lidera y nadie explica si esa lentitud se debe a un problema logístico de cantidad de dosis, de distribución, de conservación, de descongelación o de falta de personal.

Por eso España vuelve a rezagarse en un proceso crucial. Sin ser modélicos, Alemania supera ya las 238.000 dosis entre sus ciudadanos, e Italia, las 118.000. En el otro extremo, Francia -desastrosa- apenas 1.000, y Grecia, unas 3.500. Pero en España ha dejado de existir aquel «mando único» que Sánchez se arrogó invocando el estado de alarma, y la «cogobernanza» es solo una fachada para que La Moncloa deje de asumir desgaste.

Sobre todo, con un ministro de Sanidad a tiempo parcial que empieza a dedicar más hueco a su campaña electoral que a coordinar la protección de los españoles. La euforia con la que anunciaron la llegada de la vacuna se está convirtiendo con los días en otro motivo para la desesperanza y la frustración.

Muchas autonomías perciben ya un agravio comparativo porque no hay datos de cuántas vacunas llegan a cada una, ni con qué criterio Sánchez maneja su distribución. Entretanto, la descoordinación es absoluta y nadie sabe a qué atenerse.

Cataluña acaba de decretar un «cerrojazo social» de diez días; Madrid ha ampliado a una veintena las zonas básicas de salud confinadas; hay severas restricciones en Baleares, Murcia, Aragón… Todas ellas, muy alarmadas, imponen medidas drásticas casi a ciegas e improvisando, sobrepasadas por la tasa de contagio. Pero nadie en La Moncloa explica por qué Madrid solo está al 3,2 por ciento, sobre las dosis entregadas, Cataluña al 6,8, Canarias al 52,5, Galicia al 24,3, o Baleares al 1,7.

Las diferencias son abismales y los ciudadanos tienen derecho a saber qué está ocurriendo. Entre el Gobierno, la injusta desigualdad entre autonomías, y la irresponsabilidad de miles de personas que siguen sin renunciar a un uso abusivo de su ocio, España está en un bucle desolador.

Sin autoridad, sin criterio y con demasiadas mentiras. Analizar cómo acelerar la vacunación se ha convertido en la prioridad del planeta. Pero mientras Estados Unidos se plantea inyectar una cantidad menor para inmunizar a más personas con la producción existente, o mientras Alemania y el Reino Unido estudian retrasar la segunda dosis para inocular antes la primera a más ciudadanos, en España se juega a los candidatos electorales.

Falta mucha disciplina social, sí, pero también un Gobierno que no esté abonado al caos.

ABC

viñeta de Linda Galmor