Cuando paseo por el casco viejo de Pamplona con mi mascarilla con la bandera de España impresa en el lateral sorteo algunas miradas inquisitoriales y no pocos murmullos de desaprobación. No soy ni el más arrojado ni el más provocador.

En mi caso, puede más mi ansia de citarme con el mejor frito de pimiento que un paladar pueda probar y saberme criado en democrática libertad que los consejos de algún buen familiar, «ten cuidado que te van a romper la cara». Ya les digo, pesa más la glotonería y la aspiración a dormir con la conciencia tranquila que el posible temor a que me redecoren el careto.

Algo así debe ocurrir con la ministra Irene Montero y su vanidad.

 Asume la princesa de la gente que ella puede posar y explayarse en Vanity Fair. Que en política verbo y actos no vayan de la mano no es pecado sino virtud. Que progrese de la popular Diez Minutos a la elitista Vanitiy Fair es simplemente la constatación de que ella sí ha tocado el cielo del papel couché.

Vanity es una revista bien diseñada, mejor ilustrada y de textos pensados y elaborados, cosa de agradecer en tiempos de premura. Digamos que lo suyo es la ebanistería periodística. Su publicidad, también. Irene comparte páginas con anuncios para billeteras de esas que antes detesta(ba). Ahora no.

Yo, que por consejo marital, empiezo a ver el lado bueno de las cosas, creo que su exhibicionismo revistil no merece condenarla en la hoguera de las vanidades sino celebrarlo con suspiros de esperanza. Irene se ha caído del caballo y, gracias sean dadas, ha descubierto que siempre es mejor aspirar a igualar por arriba antes que por abajo. La dinastía de Galapagar lo ha conseguido. Chalet burgués y sueldo de los de esa clase abyecta que tanto le quita(ba) el sueño.

Bienvenida sea pues al liberalismo, al capitalismo feroz. Ya nos vas entendiendo. No somos tan malos, te acogemos y te hacemos partícipes de nuestro anhelo: más como tú, anda, que será señal de que las cosas van bien y así lograremos mantener lo mucho malo que se nos viene encima con vuestra economía ficción.

Constatado que es clase media alta, sólo queda suplicarle más hondura en las respuestas. Sé que es difícil para alguien formada en la política pancartera pero, oye, visto lo mucho que ha progresado en otros aspectos, me da que puede lograrlo.

No será en Vanity Fair, lamentablemente. Irene «la de la gente» concede generosa algunos halagos a personajes tan alejados (hasta ahora) de su yo obrero como la Reina o Ana Botín. Con ese puntito, o puntazo soberbio, tan suyo agradece a Doña Letizia que «llevara bien preparada la reunión» que mantuvieron. Y se artilla para los cañonazos por sus pecaditos burgueses.

Nada de perroflautismo chic, ni hippismo cumbayá. Aturdida aún por el trompazo, descubierta la luz del escaparate como Saulo revivido, la Irene 4.0 ha descubierto que «la moda no es siempre impostura, también es una forma de expresar cómo eres… Como si ser progresista implicara pasar penurias. Precisamente lo que la izquierda defiende es un reparto más justo. El acceso a la belleza es un derecho”.

Albricias, todo cabe en el catecismo laico de la izquierda del siglo XXI. ¿Impostada, artificial y pija la moda? Pues depende, ¿de qué o quién? Pues de Irene, coño. Así con todo. ¿Chaletarro con piscina y jardín? Motivos de seguridad. No les quedó otra.

«Dimos ese paso para proteger a nuestra familia. Y lo ocurrido en los últimos dos años nos ha dado la razón. Mucha gente ha dado su vida por defender la libertad y la justicia social, por tanto, no vamos de víctimas (pero, oye, si cuela, cuela) aunque no nos parece un buen precedente democrático». Vamos que sí, que el griterío faltón y el bocinazo a orillas de tu casa es lo mismo que pegarle un tiro en una tapia guerracivilista.

Como no toda va a ser impostura en la ministra de Igualdad, nos da una de oro y otra de latón. Hay cloacas policiales, amor libre, la sensibilidad de Pablo al tomarse tres meses de baja paternal y la confidencia de que en cuestiones de alcoba Irene es conservadora. Pero ojo, no nos lo dice «como virtud. Soy consciente de que soy así y no es una de mis prioridades de transformación…»

Proletarios del mundo, respirad aliviados. Los capitalistas irredentos nos tendremos que conformar y celebrar que Irene «la vanidosa» hoy es algo más nuestra que vuestra. Lo dicho, igualar por arriba.

Gracias Vanity Fair, gracias por ser nuestro escudo social.

Agustín Peri ( ABC )

viñeta de Linda Galmor