LA VENGANZA DE NADIE

Despliega el fratricidio óptimas crueldades: espejo oscuro del odio que rumia, silenciosa, la envidia. En los tiempos de la doble corona de Podemos, Errejón e Iglesias marchaban sobre las cabezas de peones que ofrecían la cerviz. Entre esos anónimos, Echenique era nadie.

Sus orígenes le hacían interiorizar la clave de toda política: el principio, sagrado al peronismo, conforme al cual un militante debe besar las huellas que sobre el polvo deja el zapato del jefe. Y tragarse el rencor del fámulo humillado. E intentar capitalizarlo. Los jefes eran dos. El polvo a deglutir, doble.

Sabía, eso sí, que poco tiempo duran los poderes compartidos. Y que, entre Errejón e Iglesias, parecía bastante claro quién era de verdad el killer. El primero estaba condenado a ser decapitado por el segundo. Y el fámulo no tenía más que esperar el día en el que a él correspondería el privilegio de recoger su cabeza e instalarla en la bandeja que más pluguiera el jefe. Es lo que viene haciendo, desde que los dos viejos penenes se supieron mutuos competidores en el ascenso supremo.

Anteayer, Íñigo Errejón formuló algo de lo más sensato: que legislar el delito de «apología del franquismo» era sumamente peligroso. Y es que, aunque de entendederas limitadas, el de Más País sabe algo sencillo, que no debiera perder de vista nadie: una vez que el delito de «apología» se tipifica, evitar que su uso se extienda a cualquier cosa es casi imposible.

Sucede con todos los términos ambiguos: su acotación legal es coartada para el abuso, siempre que el abuso convenga. «Apología» es, en su griego originario, término forense que designa la defensa del acusado en un juicio. Por extensión, el diccionario de la RAE lo define como «discurso de palabra o por escrito, en defensa o alabanza de alguien o algo». Tipificar como delito cualquiera de esos dos usos es una locura. Una locura de consecuencias tétricas: porque, o bien inhabilita la defensa jurídica, o bien pena afectos subjetivos.

Hasta Errejón sabe eso. Es lo que formuló. Y vio en esa fórmula el ascendido Echenique ocasión para exorcizarlo y dar lustre al señor al cual sirve. Echenique: «No creo que en Alemania se haya eliminado la libertad de expresión por el hecho de que hacer apología del nazismo sea delito».

Buen golpe al traidor, seguro que se dijo. Y buena carcajada que a Errejón debe haberle provocado. Carcajada, porque Echenique, sin saberlo, está pidiendo la ilegalización de su propio partido. Conforme a su invocada legislación alemana. La cual prohibió -es cierto- la apología del nazismo, pero la prohibió dentro de un lote que incluía a todas las formas políticas del totalitarismo: el comunismo, exactamente en el mismo grado que cualquier variedad del fascismo.

Algo que, en todo caso, sólo se entiende bajo la peculiar historia de la vieja República Federal Alemana tras la segunda guerra mundial: hija del genocidio nazi, que pesará siempre sobre su historia y su memoria; dividida por un muro en dos y con medio territorio nacional militarmente ocupado por los soviéticos durante los cuatro decenios de guerra fría.

No pienso que Errejón sea un lince, desde luego. Pero es que, frente a un peronista de la prístina ignorancia de Echenique, cualquiera adquiere perfil de eminencia. Sólo por comprender que hay ciertas fórmulas -y esta de la «apología» es una de ellas- que son aún más suicidas que asesinas.

Es lo que pasa cuando la ignorancia se exhibe a voces. Es lo que pasa cuando el criado quiere ser señor.

Gabriel Albiac ( ABC )

viñeta de Linda Galmor