En la burbuja de las vacaciones quizá no hayas oído a esa consejera de Sanidad vasca, Nekane Murga. Te lo voy a contar, bien oirás lo que dirá, como en los romances antiguos: que la nueva normalidad es imposible, que el virus se ha vuelto a descontrolar, que muchas personas que están de veraneo ahora ingresarán en un hospital en septiembre, y eso si hay camas, y que algunas morirán.

Memento mori pero en román paladino; se conoce que la mujer ya no sabía cómo advertirlo. Y dan ganas de aplaudir porque no es hora de más autoengaños, ni de mentiras cómodas o piadosas, ni de camuflaje de datos, ni de pensamiento ilusorio, ni de vivir como si nada hubiera pasado. Hay jornadas que rozan los parámetros de abril en número de nuevos contagios.

Faltan rastreadores de contactos -¿para qué sirvió la desescalada progresiva?-, planes de contingencia, vigilancia de las normas de distancia y de aislamiento, conciencia del peligro en las autoridades y en los ciudadanos. Las comunidades carecen de herramientas legales y el Gobierno no sólo se ha lavado las manos sino que minimiza la gravedad del problema a través de la cháchara patética de Simón el Falsario.

La letalidad es aún baja porque ha descendido la media de edad de los infectados pero tirando por lo bajo vamos ya a un ritmo de casi dos mil casos diarios.

Y nadie quiere ver la realidad. Tampoco la gente. Para no renunciar al verano nos hemos entregado a una hipnosis voluntaria, a la ficción consentida de una tranquilidad falsa. Estamos viviendo asomados a una especie de ventana pintada, agarrados a la simulación de una tregua fugaz, momentánea, para salvar como sea la etapa vacacional, para que el maltrecho sector turístico y hostelero haga un poco de caja, y ya nos preocuparemos mañana.

Pero mañana es hoy; el estallido de septiembre se está incubando bajo esta apariencia de normalidad imaginaria, bajo esta sugestión colectiva de negación de la amenaza.

Ya lo verás cuando empiece el curso escolar y se desate el descalzaperros, la histeria de los padres y el desconcierto de los profesores ante el primer positivo del colegio, el retorno a las fases de desconfinamiento, la parálisis crítica del comercio, la desesperación impotente de los médicos que no dejan de preguntarse cómo es posible que nos pueda pasar lo mismo por segunda vez en tan poco tiempo.

Lo han advertido esos científicos que en «The Lancet» han pedido una auditoría del primer fracaso, no para exigir responsabilidades -que habría lugar- sino para reforzar la capacidad de respuesta del sistema sanitario. Ya lo solicitaron en la comisión de reconstrucción y los partidos del poder se negaron a escucharlos.

Hemos derrotado al virus y salimos más fuertes, decían; que ningún cenizo hipocondríaco estropee con sus gritos de alarma el optimismo del relato.

Silencio, silencio, no molestéis al César, que está en Lanzarote descansando.

Ignacio Camacho ( ABC )