La verdad ha dejado de ser un argumento de convicción en nuestro país para convertirse en una víctima del oportunismo político, y por eso Pedro Sánchez va a pasar a la historia por  ser un mentiroso contumaz, por la dejación de sus responsabilidades como presidente de gobierno en el cumplimiento de la Constitución y por su falta de respeto a los fallecidos en esta pandemia porque a día de hoy sigue negándose a reconocer el desfase que existe entre los muertos que se inventa y los que realmente han  perdido la vida. Un  gobierno tan aficionado a la eutanasia debería ser experto en saber cuántos clientes ha dejado de tener.

España estos días es un país entristecido que no tiene ni siquiera el consuelo de contar con un gobierno digno que le diga la verdad  porque solo está entretenido en la propaganda,  y en su propia supervivencia personal. Es cierto que la oposición tampoco está para tirar cohetes de entusiasmo  y ofrece muchas dudas sobre su capacidad de liderazgo, pero a quien le toca ahora  gobernar le corresponde echarse el país a la espalda e intentar sacarlo adelante,  aunque el único mensaje que manda a la sociedad es desesperanzador.

Nada sabemos del ingreso mínimo vital, de la ayuda a los pequeños empresarios o autónomos, de la coordinación de la pandemia desde un punto de vista sanitario, de los  planes económicos de reconstrucción, de capacidad de dialogo y de pacto, pero sí tenemos noticia de lo que van a hacer con la memoria histórica, los herederos del franquismo o de si el sexo tiene que ver con el aparatos genital de los hombres y las mujeres o el número de hormonas que tiene cada uno de ellos.

Pedro Sánchez  cabalga sobre la nada y mentira acompañado en esa galopada por su grupo parlamentario,  tan fiel como mediocre,  y una banda de delincuentes que entre asesinatos, desfalcos, robos, y abusos sexuales sobre víctimas que nunca son protegidas,  acumulan un historial parangonable con algunas organizaciones criminales históricas .

¡Qué dura es la vida del palmero, pero qué bien pagada está cuando quienes ejercen esa función son personajes tan mediocres como la iletrada Adriana Lastra y el títere Rafael Simancas que jalean con el entusiasmo de los estómagos agradecidos  cada una de las simplezas  con enfásis que dice su jefe de filas en el Parlamento.

Con esa escolta se siente seguro y disfruta cada vez que asiste a una sesión de control del gobierno porque es su oportunidad para demostrar  que el chulo del barrio es él y en vez de responder a las preguntas que la hace la oposición, insulta o amenaza.

Nunca se ha mentido con tanta impunidad ni un gobierno ha actuado de forma clandestina para tomar decisiones que nos afectan a todos.

Diego Armario