LA VERDAD ENTERRADA

A esos muchachos que hacen botellón en la plaza o charlan en grupo apretado bajo tu ventana, a esos adultos que rechazan la mascarilla porque da calor o molesta la respiración, a esos bañistas que se apelotonan en la playa y hacen tertulias juntando las hamacas o a toda esa gente que ha vuelto a agruparse en las terrazas nadie les ha contado la verdad de lo que hace sólo unas semanas sucedió durante la crisis hospitalaria.

No han visto, porque no se lo han enseñado, el drama de los sanitarios sin protección, de los pasillos colapsados de camas, de las UCI a reventar de enfermos sedados con un tubo metido por la tráquea. Han pasado casi tres meses encerrados ante una televisión que los animaba a aplaudir y cantar en las ventanas y les transmitía la imagen de una epidemia grave pero en el fondo lejana y que ahora los invita a salir y «disfrutar» -Sánchez dixit- de la «nueva normalidad» alegre y confiada.

Y si se les envía el mensaje de que somos más fuertes no acaban de entender por qué deben guardarse entre ellos una cierta distancia. Toca recuperar el tiempo perdido como si no hubiera un mañana.

Ayer terminó el luto institucional -diez días- y ni siquiera hemos acabado de saber por cuántos muertos había que guardarlo. Todas las estadísticas salvo las de Sanidad calculan unos cuarenta mil o más pero la estimación oficial se empeña en una cifra muy por debajo, como si superar la barrera de los treinta mil estropease el relato feliz que el presidente narra cada sábado.

Los números del Gobierno descuentan a los fallecidos con síntomas no confirmados -cómo los iban a confirmar, si no hacían test- y minimizan los datos de la hecatombe en las residencias de ancianos. Da igual: incluso con la estimación más corta, las víctimas podrían llenar un estadio mediano, como esos que incomprensiblemente quieren abrir ahora algunos dirigentes iluminados.

Piensa en un domingo de esos que ibas a fútbol con tu hijo de la mano, llena el campo de fantasmas y te harás una idea del balance macabro. Te daré otra comparación: los accidentes de tráfico, que esos sí te los muestran en la publicidad preventiva con truculentos y veristas simulacros.

Pues bien, el Covid se ha cobrado la media de bajas en carretera de… treinta años. ¿Prefieres cotejar los inmigrantes muertos en naufragios? Haría falta medio siglo para igualarlos.

Y, que se sepa, la pandemia ha pasado pero el virus no ha desaparecido. Ha perdido velocidad de contagio -qué menos, después del confinamiento- y tal vez intensidad pero sigue por ahí, al acecho.

Sólo que si ocultas su riesgo, a ver cómo convences a la población de que esas cervezas callejeras pueden acabar matando a sus padres o sus abuelos. Sí, hay que seguir viviendo, celebrar la existencia rescatada, salir de entre los escombros del miedo, pero recuerda que esconderse -o dejar que te escondan-, la verdad, siempre tiene un precio.

Ignacio Camacho ( ABC )