LA VERDAD NO ESTÁ DE MODA

Éste está siendo un año muy bueno para los mediocres porque no hay mes en el que no la espiche alguien  con fundamento,  y esas ausencias, a bote pronto o de sopetón, nadie  las cubre porque no es lo mismo un parche de emergencia que una sustitución de calidad o un cese fulminante por razones cromáticas, al estilo Rosa María Mateo.

Conocí a  alguien hace años que decía cosas muy sensatas y más revolucionarias de lo que él creía, porque la inteligencia tiene mucho más que ver con la cabeza que con el corazón,  y como era un tipo brillante a veces se le escapan frases que no se compadecían con su estricta militancia ideológica.

Le cabreaban las maldades de los poderosos y en esos momentos afirmaba que  la única clasificación fiable que se podía hacer de las personas era la que las distribuía entre buena gente e hijos de puta.

Yo creo que le podía la pasión  del cabreo cuando decía esas cosas porque no basta con no ser un malvado para resultar fiable, porque el ser más peligroso que existe es un tonto con poder y hoy los tenemos a puñaos  en todos los ámbitos de la administración y  calentando los escaños del parlamento.

El problema es que estamos viviendo una epidemia de maldad asociada a la ignorancia de lo que siempre se llamó “la dirigencia política” y que ahora lo más apropiado seria llamarle “el frenopático de los inútiles”, porque  yo recuerdo que hasta los menos preparados de los políticos que precedieron a estas nuevas generaciones de adanistas, tenían algo de criterio y coherencia cuando gobernaban o hacían oposición.

Siempre he preferido ver venir de frente a los que me pueden joder la vida porque te da tiempo  a defenderte de ellos,  pero hoy el engaño es la estrategia política de los indecentes que han descubierto que gobernar a una sociedad desinformada y fácilmente manipulable es un chollo.

La patente de corso de algunos políticos es la mentira y el que hoy nos gobierna lleva canino de doctorarse, al menos en esta disciplina.

Estos días he recordado a  José Luis Alvite al que le dediqué una de mis columnas cuando contó, con la templanza de los hombres que jamás esconden la verdad, que el médico le había dado una mala noticia. 

Leyó  lo que había escrito sobre él, me dio las gracias y le restó importancia a su descarnada sinceridad porque para él decir la verdad, aunque la disfrazase con metáforas  –que él llamaba “las pajas del alma”-  era la única forma que conocía de ser honesto.  Y por eso me regaló este pensamiento:

”La vida me enseñó que si un hombre no puede ser recordado por sincero, sólo merece ser olvidado por idiota”.

Digo Armario