LA VERDAD NO TIENE MERCADO

Me viene a la memoria la frase lapidaria con la que titulé la segunda entrevista que tuve el honor de hacer a Indro Montanelli y publicar aquí, en mi casa de ABC, hace ya casi dos décadas: «La calidad no tiene mercado». El maestro (lo fue de varias generaciones de periodistas, incluida la mía) acababa de ver morir el periódico «La Voce», fundado por él mismo al frente de un grupo de colaboradores leales, como respuesta al chantaje de Berlusconi, quien había comprado «Il Giornale» y pretendía que su director, mi admirado entrevistado, lo pusiera al servicio de sus intereses electorales.

Fracasó la valerosa intentona de ejercer el periodismo libre, por falta de apoyo financiero y de lectores, y triunfó el extorsionador, cuyo inmenso poder económico sofocó a la criatura antes de que pudiera emprender el vuelo. Montanelli, superviviente de mil persecuciones, incluidas la de las Brigadas Rojas y la que lo envió al exilio por orden de Mussolini, defensor a ultranza del oficio que ejerció con extraordinaria brillantez, hombre de vasta cultura y espíritu renacentista, afrontaba sus últimos días vencido, pero indoblegable en su reivindicación de la independencia como condición sine quanon de la dignidad profesional.

«La independencia siempre es posible -me dijo en aquella charla inolvidable para mí- pero cuesta cara». ¡Cuán lejos estaba yo de imaginar entonces hasta qué punto sería profética la sentencia de ese gran hombre!

Montanelli se ha convertido hoy en blanco de la barbarie ultraizquierdista, liberticida e ignara que recorre el mundo derribando estatuas de cuyos protagonistas nada sabe ni quiere saber. A semejanza del Cid Campeador, aunque tristemente en sentido inverso, pierde batallas incluso después de muerto, porque lo que domina nuestra actualidad es el embuste, la propaganda engañosa, la sumisión perruna a la dictadura de lo políticamente correcto, el dogmatismo «progre» y la apariencia.

En la comunicación social prácticamente todo es maquillaje, artificio. «El relato» ha sustituido a la historia, previa adaptación a lo que conviene al poder, y así cuarenta años de terrorismo etarra se han convertido en un «conflicto» entre dos bandos del que hacemos borrón y cuenta nueva en aras de «la paz». Así la sedición se considera respetable e impecablemente democrática porque quien la reivindica como inalienable derecho es un partido que sustenta parlamentariamente al Ejecutivo.

Así el formidable legado cultural español es vilipendiado impunemente en el continente americano, ante la indiferencia de unas representaciones diplomáticas acobardadas o cómplices. Y así la mentira pura y dura se convierte en «postverdad» para hacer la fortuna de quienes usan y abusan de ella.

La calidad sigue teniendo poco o ningún mercado, pero la verdad y la coherencia venden todavía menos, especialmente en el terreno de la política. Si hemos de creer a las encuestas, el Partido Socialista de Pedro Sánchez no solo no sufre desgaste alguno tras estos meses, sino que consolida cómodamente su liderazgo a pesar de haber incumplido todas sus promesas electorales y basar su gestión en mentir hasta en la cifra de muertos imputables a la pandemia.

Otro tanto ocurre con Ciudadanos, a quienes los electores, al parecer, premian por hacer lo contrario de lo que dijeron y servir de muleta a un Gobierno conformado por PSOE y Podemos con apoyo de los independentistas.

Si hemos de hacer caso a las encuestas, tal vez lo que convenga al PP sea dejarse llevar por Zapatero a ese árbol del compadreo, con el fin de conseguir buen cobijo en las televisiones amigas… aunque unos pocos ilusos, discípulos de Montanelli, nos veamos abocados a desertar para siempre las urnas.

Isabel San Sebastián ( ABC )