LA VERDAD

Bueno, la verdad está dejando de tener interés. Al menos la verdad que se aloja en el discurso de una política que nunca ha hecho demasiado por tenerla cerca. Alrededor de la última expedición sentimental al Valle de los Caídos ha vuelto a aparecer el recurso de la verdad. Como si ésta sólo fuese una y supiésemos dónde ir a buscarla. Una verdad suele ser la mitad de otra verdad que quizá no compartimos. Dice Hegel que llegados a una verdad no debemos destruir ni esconder las mentiras ni los errores que sirvieron para llegar al destino. Pues una verdad se hace de sí misma y de sus trampas previas. Lo otro es gente contándote su vida.

Una vez restaurado el largo debate guerrillero por las tabas de Franco, el Gobierno comisiona a expertos para que determinen la verdad sobre la Guerra Civil y la dictadura que dejó asentada. Así, de golpe, más de 80 años después y con la mitad de los papeles custodiados por las polillas. Quiero decir: sin todos los archivos del asunto abiertos, que es como oír por una sola oreja.

Pero no es tan relevante este juego de reescrituras como la peligrosa manipulación de la idea de verdad. La verdad ya no es un lugar de consenso, sino la extensión del campo de batalla. La verdad ya no favorece un ámbito de convivencia, sino que es más útil como herramienta de exclusión. Hay gente que no cabe en la verdad de otra gente. Y una vez ahí sólo es posible llegar a las manos. La política, cuando no se dedica a lo suyo, amarga hasta las verdades.

Esta no es la herencia recibida que debíamos esperar. Sacar a Franco de la tumba no es verdad ni mentira, tan sólo se trata de poner en hora los relojes. A partir de ahí las comisiones para redibujar verdades vienen con varias décadas de retraso. La Transición fue el típpex de muchas certezas que ahora se devaluaron. La forma seria de llegar a ciertas verdades empieza por el análisis de sangre, pero luego esa misma verdad te exige más sacrificios y puedes acabar haciendo el ridículo o subido en lo alto del Empire State como King Kong, con la novia en brazos.

Otra cosa es dar sepultura digna a quienes fueron asesinados y arrojados a las cunetas en la salvajería de una guerra. Reparar eso tampoco es verdad ni mentira, sino derechos civiles. Y es necesario. Después del tiroriro de la posverdad (que ha dejado perlas como dientes en titulares de portada) llega la hora de la verdad, que ya no es exactamente una forma de honradez, sino un saldo del mercado de la Historia. Y de la política.

Antonio Lucas ( El Mundo )