LA VIDA Y LA DIGNIDAD

El 2 de mayo de 1808, Madrid y el resto de España se plantaron ante el invasor francés, demostrando que no ganan los más poderosos, ni los más fuertes, sino los que están decididos a cumplir una misión histórica. A luchar por sus vidas pero también por la vida, por la existencia de la nación, entonces en trance de convertirse en simple provincia gabacha.

Los héroes del 2 de mayo se enfrentaron al ejército más poderoso del mundo sin saber que podían derrotarlo, sin ser realmente conscientes de su verdadera grandeza. Y fue así, con la inconsciencia del valor temerario, con la energía que da saber que se tiene razón, como España recibió el hálito divino para revertir lo que la ciencia militar ya había sentenciado. Para dar un puñetazo en la mesa de la Historia y resucitar la Nación y, con ella, también la Patria.
A veces me pregunto qué queda de aquel valeroso, noble, entregado pueblo español…Me pregunto si habremos heredado algo de aquella audacia un tanto suicida. Si seremos, como aquellos, conscientes del precio y del valor que tiene la libertad.
Me pregunto qué gen habremos perdido, en el camino de los años, para haber renegado tan fácilmente del destino que la Historia nos ha regalado, el destino de ser ejemplo y referencia, como cuando en otras épocas llevamos la Fe, la Ciencia y la Cultura por todos los rincones del mundo.
Esta España que lleva dos meses confinada, que apenas se rebela contra los peores gobernantes que se pueden tener, que agradece sumisa las gotas de libertad que nos concede graciosamente la autoridad, dando paseítos al atardecer o saliendo a hacer footing antes de que amanezca, esta España que entierra a sus muertos sin despedirlos, que no sabe lo que hará este verano, que sale a aplaudir por las tardes como terapia colectiva para no enloquecer…Esta España no parece nieta ni bisnieta de aquella otra que se ganó con creces su heroísmo.
En esta batalla contra el virus invisible hemos perdido, de momento y por lo menos, a 25.000 españoles. Algunos de ellos, hijos y sobrinos de los que se levantaron también, en la Cruzada de Liberación Nacional, contra la opresión marxista del Frente Popular republicano.
Los culpables, los responsables de esas muertes, sean quienes sean, pagarán sobradamente su felonía revestida de incompetencia; esperemos que aquí en la tierra, y desde luego sin duda en el Juicio Final. Esos 25.000 españoles no han sido ni invadidos, ni acribillados, simplemente han sido abandonados a su suerte. En manos de médicos y enfermeras que sólo tenían corazón y las mejores intenciones.
España responde hoy con caceroladas de impotencia a lo que el mundialismo ha decidido que debe hacerse con este virus. Necrosando la economía para aminorar en lo posible una crisis sanitaria que nos ha puesto contra las cuerdas. Obligándonos a rezar, más de lo que ya hacíamos, como única manera de evitar un rebrote de la pandemia cuando vuelva la «nueva normalidad».
Libres, pero esclavos de un Estado que, como los demás estados del mundo de hoy, no saben por dónde les da el aire, y no saben qué hacer con sus súbditos. Las democracias han devenido en estados fallidos sin que los ciudadanos nos demos cuenta.
Hoy es un buen día para recordar y para leer. Para rememorar aquella fecha histórica en la que España riñó bravamente contra el gabacho para conservar su dignidad. Seguramente, porque conocía el significado de la palabra dignidad. Y porque estaba dispuesta a entregar la vida por esas pocas cosas por las que merece la pena hacerlo.
Una de esas cosas es la libertad.
Rafael Nieto ( El Correo de España )