LA VIOLENCIA DEL PACIFISMO

No se puede ser más pacífico. Sin piedras, sin bolas de acero, sin gasolina. Este es el separatismo que manifiesta sus ideas con la libertad y el ancho de vía que proporcionan una autopista transfronteriza o una avenida Diagonal, aceptado como ejercicio democrático de una sociedad dinámica y plural.

El «ambiente festivo» es la etiqueta que permite superar la prueba del detector de metales y que ampara el aquelarre de la intimidación. De aquellas cacerolas, estas ollas. Ayer montaron un escenario en la AP-7, como un Primavera Sound de entretiempo y cuyo cartel, paradigma del indie, encabeza Lluís Llach. Tienen cocina, víveres, lavabos, radiales, mediadores internacionales, relatores, focos, amplificadores y una estructura organizativa que responde milimétricamente a los cálculos de los partidos que los representan y agitan.

A ver quién tose a ese pacifismo que el propio Gobierno legitimó como aliviadero de una revuelta en la que llovían piedras y cuyas maniobras de ocupación del espacio público fueron saludadas sin tener en cuenta su naturaleza totalitaria ni su vocación coactiva. Cataluña era y es una fiesta.

La violencia que los encapuchados ejercen sobre las Fuerzas y Cuerpos de Seguridad, por efectista, apta para todos los públicos y perceptible desde cualquier sensibilidad política, tiene la propiedad, perversa, de vacunar a la opinión pública ante la agresión que representan las manifestaciones presuntamente pacíficas con que el nacionalismo exhibe el éxito de su campaña de apropiación y el recorrido de su conquista, material e inmaterial.

Si la declaración de independencia no pasó de ser en 2017 un ensueño institucional, la violencia pacifista instala por la vía de los hechos una república que se articula como una red mafiosa e impone el silencio. Canta Lluís Llach.

La paz nacionalista es una exhibición de fuerza que violenta la libertad, patrimonio exclusivo de quienes la administran para cortar calles y carreteras y cerrar estaciones y aeropuertos.

Los controles de seguridad del buenismo no detectan los metales que arman la peor forma de violencia que puede sufrir una comunidad. Las víctimas se cuentan por cientos de miles, pero no se ven las heridas. Eso es el miedo. Eso es la paz.

Jesús Lillo ( ABC )