La votación de ayer fue surrealista. Sánchez consiguió sacar adelante su texto por casualidad y por un voto, lo que en cierto modo desguaza la alianza de legislatura del PSOE con ERC, PNV o Bildu, o al menos la deja maltrecha.

Más allá del estrambótico episodio del voto mutante de un diputado del PP, otra clave estuvo en dos parlamentarios de UPN, un partido asimilado al PP, a quienes su propia dirección obligó a votar a favor del Gobierno, aunque finalmente se rebelaron.

No bastó la negociación de UPN para que el Ayuntamiento de Pamplona obtuviera 27 millones en inversiones prometidas por Sánchez a cambio de su voto.

Sánchez celebró su triunfo más inesperado, sí, pero con la boca pequeña porque Díaz no es la rutilante estrella negociadora que quiere aparentar, y porque los demás socios ya saben que el presidente no es fiable.

Sánchez y Podemos son conscientes de que no era su reforma, y de que Europa ha impuesto condiciones.

Tantas, que Díaz vive en la paradoja de ganar una votación y perder a la vez una batalla crucial para su futuro proyecto político.

ABC