LA ZONA GRIS

A Pedro Sánchez y a Quim Torra los une el común interés de evitar que las próximas elecciones generales, sean cuando sean, las gane el centro-derecha. El presidente de la Generalitat necesita margen político para cohesionar sus fuerzas, y el del Gobierno trata de consolidar un estado de opinión nacional en el que Cataluña deje de constituir el principal problema. A partir de ahí, ambos han venido a establecer un statu quo de mutua conveniencia que otorga al independentismo cierta tolerancia mientras no vuelva a echar el carro por las piedras.

Las bravatas, las amenazas o la agitación callejera forman parte de ese espacio de transigencia apaciguadora que el Gabinete concede a los separatistas para que mantengan la tensión interna; si no lanzan otro desafío explícito contra el orden constitucional, pueden hacer más o menos lo que quieran. Sánchez aplica a la cuestión catalana una estrategia basada en el guión de Miquel Iceta: molestar lo mínimo posible para recuperar al menos en parte el voto del soberanismo de izquierdas, ese sector que sin ser partidario estricto de la secesión consideró el 155 como una agresión o una ofensa.

De momento no le va mal en las encuestas; si la tendencia se empezara a torcer siempre podrá convocar a las urnas alegando deslealtad manifiesta, o incluso disfrazarse de hombre de Estado para arrebatar a la oposición la bandera de la firmeza. Si algo caracteriza su trayectoria es el desparpajo con que es capaz de defender una cosa y su opuesta.

El PP y Ciudadanos son conscientes de que su electorado natural se muestra hipersensible a la provocación del nacionalismo, y trabajan -disputándose la iniciativa entre ellos- para mantener el espíritu de resistencia vivo. Con Cataluña en el eje del debate, como marco mental decisivo, pueden disputarle al PSOE la hegemonía que a día de hoy han perdido.

Pero la buena acogida de la moción de censura, que ha devuelto a la socialdemocracia un papel de protagonismo, demuestra que una porción significativa de españoles consideraba el desalojo de Rajoy una prioridad mayor que la de un conflicto que ha llevado la convivencia del país a un estado de máximo estrés y desequilibrio. En ese sentido, la confrontación electoral apunta a un duelo entre dos conceptos de España: uno compacto, estable, consistente, y otro relativista y líquido.

El presidente cree que puede tener ventaja manteniéndose en una zona gris de vagos compromisos en la que el máximo grado de tirantez o de hostilidad civil sean polémicas simbólicas como la de los lazos amarillos.

Su riesgo estriba en que el separatismo no vive en la razón ni en la realidad sino en el mito, y nunca renuncia a alimentar su desvarío con el combustible del victimismo. Y aunque Sánchez logre sostenerse en el poder, será la nación la que acabará pagando su error de hacer política con gente poseída por un trastorno perceptivo.

Ignacio Camacho ( ABC )