LADRONES DE IDEAS

El buen ladrón no existe por más que la historia que escribieron los autores del Nuevo Testamento calificara así a un trincón de lo ajeno que acabó siendo crucificado en el monte Gólgota junto a Jesucristo  y otro colega malote.

Por entonces los romanos, a pesar de que llevaban una falda plisada, no se andaban con el bolo colgando y torturaban hasta la muerte a los amigos de lo ajeno , pero desde que nos hemos civilizado delinquir no tiene un castigo tan atroz y, a veces, ni siquiera un leve reproche social.

Puestos a clasificar conductas impropias de la gente decente robar no es solo apropiarse de lo que no nos pertenece cuando lo que se sustrae es algo material,  e incurre en ese delito el que se queda con el trabajo intelectual que ha hecho otra persona y se atribuye a sí mismo un mérito que no le corresponde.

Estos días el Presidente del Senado, Manuel de la Cruz, anda en desmentidos porque niega que haya plagiado – es decir, robado ideas y textos publicados por otros autores con anterioridad –  para un Tratado de Filosofía, y yo me pregunto qué necesidad tenía un Catedrático de Filosofía Contemporánea en la Universidad de Barcelona que ha publicado varias decenas de libros de su especialidad académica, de  copiar numerosos párrafos enteros de otros autores , sin citarlos.

En el barrizal del debate y de la investigación periodística que está haciendo Javier Chicote se plantea ahora si ése ha sido su método de trabajo habitual y si el plagio de textos ajenos podría encontrarse también en otros de sus libros anteriores.

Imagino que todo quedará en nada porque, de haberlo hecho, se trataría de un pecado venial para la clase política que es una casta que se permite a sí misma cualquier exceso, especialmente si se trata de colgase méritos intelectuales de los que carecen.  Si tuvieran que dimitir por  haber plagiado tesis doctorales o trabajos de fin de máster, o libros  que nunca escribieron, el parlamento renovaría un buen número de sus escaños en todos los grupos de la cámara.

La falta de respeto por el trabajo intelectual se ha convertido en un asunto menor, y eso  les sucede a  muchos políticos que jamás han escrito un libro, porque no saben cómo ni tienen sustrato imaginativo ni oficio literario o intelectual para hacerlo.   Quieren aparentar lo que no son,  contratan a un negro, y acaban firmando ejemplares en el Corte Inglés.

El listón se ha puesto muy alto y el asunto de los plagios no lleva camino de resolverse de acuerdo con unas elementales normas de decencia intelectual y política.

Si el jefe de la banda, acusado de plagio, se sigue poniendo de perfil ante el parlamento y la opinión publica ¿Por qué iba a tener que dimitir  uno de sus empleados y bajarse del coche oficial?

Diego Armario