A tenor de lo que está sucediendo actualmente en el panorama político nacional, resulta evidente para cualquier observador objetivo que la situación solo puede calificarse de desoladora.

Así -definitivamente sometido a la agenda globalista marcada por el Foro de Davos, a los postulados ideológicos del neomarxismo identitario y a las exigencias rupturistas del separatismo más irredento- el Gobierno socialcomunista presidido por Pedro Sánchez  prosigue con el desarrollo de un proyecto político que supone la deconstrucción de la nación española, la deslegitimación de las instituciones democráticas, el desmantelamiento del Estado de Derecho, la destrucción de la economía, la imposición del pensamiento único y la supresión de las libertades individuales.

Por su parte, el Partido Popular, con Pablo Casado y Teodoro García Egea a la cabeza, parece fundamentalmente interesado en mantener intacta su estructura interna de poder, en lugar de orientar sus esfuerzos hacia la consolidación de una alternativa de centroderecha en disposición de expulsar del poder a esa siniestra y totalitaria amalgama frentepopulista que, con las riendas del Estado en sus manos, amenaza la libertad y la prosperidad de las generaciones venideras.

Así, el dúo genovés ha dinamitado sistemáticamente todos los puentes entre el PP y Vox, sin caer en la consideración de que, una vez superada la etapa del bipartidismo, las posibilidades de éxito electoral del centroderecha pasa irremediablemente por el entendimiento entre ambas fuerzas políticas.

Además, ahondando en una estrategia a todas luces disparatada, P. Casado también ha intentado eliminar por todos los medios a aquellas personas de su propio entorno que, ya sea por su brillantez intelectual o por su carisma personal, podían hacerle sombra y minimizar su figura.

Este afán persecutorio de la excelencia viene a poner de manifiesto que este personaje padece un acusado complejo de inferioridad que le incapacita para liderar a una formación política como el PP, llamada a participar en ese gran proyecto de reconstrucción nacional que España necesita.

En consecuencia, si bien la llegada de P. Casado a la dirección del PP, tras la bochornosa etapa marianista, fue recibida como un soplo de aire fresco y renovador, el espejismo pronto desapareció. Así, la caída en desgracia de P. Casado comenzó a fraguarse cuando, ante la moción de censura presentada por Vox contra P. Sánchez, el líder popular pronunció un enloquecido discurso en el que no solo intentó sin éxito caricaturizar a la formación verde, sino que, en el colmo de la ruindad, profirió graves e infundadas acusaciones contra Santiago Abascal.

No contento con ello y temeroso de verse excluido del “consenso progre” debido a la batalla cultural emprendida por Cayetana Álvarez de Toledo sin ningún tipo de miramiento, P. Casado decidió destituirla como portavoz del PP en el Congreso de los Diputados.

Así, de manera alevosa y cobarde, P. Casado relegó al ostracismo a una persona que, dotada de una enorme fortaleza de carácter, una integridad moral a prueba de bombas y una encomiable formación intelectual, representaba un activo político de incuestionable valor a la hora de afrontar la ardua tarea de desmontar el constructo ideológico de una izquierda asentada en un supremacismo moral del todo injustificado.

Con ambas actuaciones P. Casado venía a demostrarnos que era tan solo un sórdido personaje que, por una de esas funestas carambolas que el destino tiene a bien depararnos de vez en cuando, podía gozar de “auctoritas”, pero jamás de “potestas”.

No obstante, el tiempo, que siempre acaba poniendo a cada uno en su sitio, se ha encargado de enseñarnos que P. Casado no solo es un miserable, sino que también adolece de una estupidez absoluta, lo cual en un dirigente político es de extrema gravedad.

Así, los resultados obtenidos en las elecciones de Castilla y León determinaban que el PP, liderado por Alfonso Fernández Mañueco, no podía gobernar en solitario, por lo que lo que la razón dictaba que era necesario para obtener la presidencia cerrar algún tipo de acuerdo con Vox.

Pues bien, ante esta situación, el dúo genovés no solo no intentó alcanzar un pacto de gobierno con Juan García-Gallardo, líder de la formación verde en la comunidad castellanoleonesa, sino que se despachó contra Vox con un discurso similar al empleado por la izquierda.

La cosa no quedó ahí, sino que, en el colmo de la incoherencia política, el líder regional del PP dijo estar dispuesto a abrir una ronda de negociaciones con los socialistas. Evidentemente, el PSOE, que no pierde oportunidad alguna de ridiculizar a los populares, dinamitó la reunión cuando su cabeza de lista, Luis Tudanca, acusó a Fernández Mañueco de corrupción.

De esta forma, en apenas unos minutos, los socialistas despacharon a los populares, abocando al PP al ridículo de tener que envainársela para estar en disposición de formar un gobierno de coalición con Vox.

Sin embargo, lo peor estaba aún por llegar. Así, como consecuencia de la esperpéntica conspiración urdida por el dúo genovés para desacreditar a Isabel Díaz Ayuso, el PP se ha visto sumido en una crisis de profundo calado y consecuencias imprevisibles.

Todo comenzó a partir de un dossier procedente de La Moncloa en el que se recogían presuntas comisiones irregulares percibidas por el hermano de la presidenta madrileña por la venta de mascarillas a la Comunidad de Madrid. A partir de ese momento, la dirección del partido inició una caza de brujas mediante la cual se intentó conseguir ilegalmente a través de una agencia de detectives los datos bancarios y fiscales que pudieran incriminar a Tomás Díaz Ayuso.

De esta forma, lo que ambos líderes populares pretendían era estar en disposición de impedir mediante el chantaje que Isabel D. Ayuso fuera la presidenta regional del partido. No obstante, a pesar de que llevaba tiempo al corriente de estas prácticas mafiosas, solo tras ser difundida la noticia por los medios de comunicación fue cuando Isabel D. Ayuso salió a la palestra a exponer ante la opinión pública la cruel campaña orquestada contra ella desde la cúpula de su propio partido, para, acto seguido, desmontar todas y cada una de las mentiras vertidas contra su persona.

De hecho, corroborando su inocencia, el informe jurídico de la Comunidad de Madrid señala de manera taxativa que Isabel D. Ayuso no cometió infracción alguna en la gestión del contrato de la empresa de mascarillas vinculada a su hermano, una opinión compartida por los diversos juristas consultados por distintos medios de comunicación.

Ante el inesperado giro de los acontecimientos propiciado por el valeroso contraataque de la presidenta madrileña, tanto P. Casado como Teodoro G. Egea se vieron en la obligación de dar cuentas a una ciudadanía que pudo comprobar como ambos políticos, reconvertidos ya para siempre en vulgares teleñecos, balbuceaban maliciosas inconsistencias, mientras representaban la viva imagen del fracaso.

A partir de ese fatídico instante el “tsunami Ayuso” volvió a desencadenarse, surgiendo desde las redes sociales un clamor popular que llamaba a los madrileños a manifestarse en defensa de su presidenta. De esta forma, miles de personas se congregaron en la calle Génova con el único propósito de dejar claro su incondicional apoyo a Isabel D. Ayuso, definitivamente convertida por el imaginario colectivo en la indiscutible estrella del firmamento político nacional.

Tras la manifestación los acontecimientos se precipitaron, comenzaron las fugas en cascada de altos cargos del partido y los barones regionales, hasta ese momento remisos a la hora de pronunciarse, no tuvieron más remedio que dar un paso al frente para exigir la dimisión de P. Casado y Teodoro G. Egea. Pero no fueron los dirigentes políticos los que decidieron la suerte del dúo genovés, propiciando un cambio en la dirección de la nave popular, sino que fue el pueblo madrileño el que, levantándose contra la injusticia, dictó sentencia una soleada mañana de domingo.

El futuro es sin duda incierto, pero la afirmación de Santiago Abascal en el sentido de que “Lo que es malo para España es malo para Vox” es motivo de esperanza, ya que constituye una declaración de principios orientada a estrechar lazos con el nuevo Partido Popular surgido de la crisis.

Evidentemente, la cristalización de un pacto de colaboración entre ambas formaciones ha de suponer la consolidación de un gran frente nacional, democrático y liberal capaz de afrontar con coraje y determinación la batalla definitiva contra el totalitarismo socialcomunista y el globalismo plutocrático.

Del resultado de esa inevitable batalla entre el bien y el mal depende el futuro de España.

Rafael García Alonso ( El Correo de España )