En la región europea con mayor tasa de incidencia del Covid (de las diez primeras, nueve son españolas), y después de que el virus se haya cobrado en ella la vida de casi diez mil ciudadanos en medio de un fenomenal colapso sanitario, los responsables de la administración autonómica y del Gobierno de la nación han anunciado con gran prosopopeya institucional y efectismo mediático un gran acuerdo para crear un grupo conjunto de trabajo.

Es decir, que desde que el jinete apocalíptico de la pandemia comenzó a galopar en marzo convirtiendo Madrid en un caos de muerte, ansiedad y pánico, no ha existido ningún mecanismo relevante de coordinación entre las principales autoridades del Estado.

Y que ni siquiera después de que casi un millón de personas hayan sido obligadas a confinarse -por segunda vez en seis meses- en sus barrios y otros cinco millones se vean obligados a vivir con sus derechos limitados es posible alcanzar otro pacto que el de reunir de forma más o menos estable una comisión de segundo rango para estudiar la manera de frenar el contagio.

Para esto ha sido necesaria una cumbre de alto nivel propia de un tratado de paz, con su protocolo de banderas y demás aparato escenográfico y sus engolados discursos sobre el consenso, la cogobernanza y la generosidad de los mandatarios que aparcan las diferencias ideológicas para colaborar frente a una común amenaza de tintes dramáticos.

Y encima es mentira. O lo que es mismo, propaganda de forzosa actitud constructiva. Porque Sánchez sigue queriendo acabar con Díaz Ayuso, a quien los dirigentes socialistas acusan de haber detonado una «bomba vírica» con su actitud y negligente y pasiva, y la presidenta no está dispuesta a renunciar a su papel de heroína que lucha contra la plaga sin hallar en el Gobierno una mano tendida.

Y porque del encuentro de ayer no salió una sola medida que alivie la emergencia con intervenciones precisas, recursos inmediatos y herramientas normativas, sino la impostura mal disimulada de una ficticia, tramposa tregua política.

A efectos prácticos para la población, sólo se trata de otra humareda de colorines, otra dosis de nada. Entre la Puerta del Sol y La Moncloa apenas hay siete kilómetros de distancia: cinco minutos en coche oficial si no se quiere recurrir a la videollamada. Sin embargo la cita presencial fue organizada mediante un intercambio de cartas que demoró todo el fin de semana.

El presidente, que recibe siempre en su despacho, prefirió desplazarse a la sede de la Comunidad en un gesto de deferencia falsa destinado en realidad, como ha señalado con lucidez Carlos Colón, a aparecer como el victorioso protagonista de una versión contemporánea del cuadro de «Las Lanzas»: el general de gesto noble que recibe las llaves de la ciudad sitiada.

Sólo que las picas de fondo se han vuelto dagas con las que apuñalar a Ayuso en cuanto vuelva la espalda.

Ignacio Camacho ( ABC )