LARGA VIDA A PABLO IGLESIAS

Cuando Nikolai Kuznetsov quiso alertar a Trotsky de que el hambre estaba matando a los moscovitas, se topó con el proverbial cinismo bolchevique: “Eso no es pasar hambre. Cuando Tito sitió Jerusalén, las madres judías se comían a sus propios hijos. Cuando yo consiga que las madres de Moscú comiencen a devorar a sus hijos usted podrá venir a decirme: Aquí pasamos hambre”. La historia suele ser benévola con los disidentes, a los que ofrece la postrera victoria de la buena reputación.

La prueba del éxito de las tesis de Errejón es que hoy todos lo consideran socialdemócrata. El alma socialista de Podemos, dicen. De él, un peronista emboscado cuya inspiración es el MAS boliviano y otros laboratorios hispanoamericanos de la miseria. Que habla de un hilo invisible que une su partido con el Frente Nacional y que anda teorizando, con la falta de pudor del iluminado, sobre cómo desviar recursos públicos para la financiación de la revolución permanente. Socialdemócrata, dicen.

Errejón sólo se diferencia de Pablo Iglesias en una cosa: no está dispuesto a que la testosterona ni el sentimentalismo se interpongan entre él y el poder. Es decir: que él sí puede ganar. Si esto fuera Francia y Podemos el Frente Nacional, Íñigo sería Marine y Pablo, el nostálgico y caduco Jean-Marie. Errejón es, como la pequeña de los Le Pen, la traición necesaria.

Esto lo explica muy bien un amigo mío. Se trata de un tipo que es más de derechas que Pedro I El Cruel y al que sin embargo yo veía seguir el cisma de Vistalegre con pasión militante. Odiaba a Errejón como sólo se puede odiar a un compañero de partido. Ante mi sorpresa, un día me explicó: “No te confundas, como miembro del establishment que quiere seguir siéndolo, mi candidato es Pablo Iglesias”. Él intuía, aunque sin saber concretarlo, que Iglesias terminaría siendo un mero refundador de Izquierda Unida. Un líder con un pasado audaz y un presente plomizo que, como en el poema de Claudio Rodríguez, “ya el jornal ganado, vuelve a su casa alegre y siente que alguien empuña su aldabón, y no es en vano”.

Si estará desplazado el eje polar alrededor del que gira la política española que los sindicatos de izquierda le sujetan la pancarta a los supremacistas que declararon extranjeros a la mitad de los trabajadores catalanes. Errejón jamás será un socialdemócrata pero al español, irremediablemente socialdemócrata, le ocurre lo que a los canes: no es capaz de reconocerse en un espejo. Aquí el socialdemócrata de verdad es Cristóbal Montoro. Creánle.

Rafa LaTorre ( ElMundo )