LAS ALAS DE LA VICTORIA

Cuando se sublevaron, al igual que los legendarios espartanos, no preguntaron cuántos son, sino dónde están. Cruzaron el Rubicón por el Estrecho de Gibraltar con todo en contra, con todos en contra, menos la Verdad y la razón. Alzaron las Banderas, calaron las bayonetas, se calzaron las espuelas de la guerra.

Llevaban en los macutos y en las arterias el heroismo de Rocroi y de Baler, pero también las alas de la Victoria que anidó en las vainas y en las cazoletas de las espadas de España desde Covadonga hasta Otumba, desde Ceriñola a Bailén, desde Pavía al Ebro, y desde el padre Ebro hasta Krasny Bor.

Treparon desde el Sur y bajaron desde el Norte para derrotar a los que fusilaban a Cristo y violaban a su Madre, para vencer a los hijos de Caín, a los herederos de Judas y a los sicarios de Stalin que garabateaban en los muros de la Patria “Viva Rusia, muera España”. El combate fue duro, fue largo, pero no fue estéril.

Llevaban las alas de la Victoria en sus botas militares. Tres años de Cruzada hasta que amaneció aquél primero de abril para bendecir el cáliz del sacrificio, fecundar la sangre derramada y fertilizar la Paz ganada en la tormenta de fuego y acero.

La Paz obró el milagro de mudar la sangre en sudor, en el sudor del trabajo que fue la levadura del pan y de la justicia. Los soldados de la Victoria se convirtieron en obreros y en ingenieros, en agricultores y en médicos, en carpinteros, maestros y albañiles de la España que nació en Covadonga, que fue asesinada por el Frente Popular en 1936, y a la que la corneta militar del 18 de julio le ordenó, con la voz imperiosa del milagro, “levántate y anda”.

Eduardo García Serrano ( El Correo de España )