Las campañas electorales son el paraíso de la izquierda. La derecha es pacata en la mesa de póker, un poco pagafantas, y jamás arriesga como su contrincante, que conoce todas las tretas: los sondeos falsificados para movilizar su voto, los comodines institucionales para apoyar al candidato con dinero público, los faroles gruesos en los días previos a la apertura de los colegios, las alianzas mediáticas… El PP jamás tiene el control durante una campaña.

Empieza con las ideas claras y a la semana se bambolea como un boxeador grogui antes de hocicar con el siguiente golpe del rival. Esto se demostró con el ‘Pásalo’ del 11-M que le dio el Gobierno a Zapatero frente a un Rajoy desarbolado por el

 aparato de propaganda. Y, en menor medida pero con igual eficacia, se ha repetido en todas las elecciones con cierto fuste que se han celebrado desde entonces. Cada vez que el PP afronta unos comicios creyendo que está en su clímax para conquistar la mayoría absoluta, los movimientos sísmicos de la izquierda bajo el tapete de juego terminan derruyendo sus aspiraciones.

La única excepción a esta generalidad ha sido la de Madrid. Por contra, el caso de Mañueco en Castilla y León está siendo una oda al titubeo. Rompió el gobierno con Ciudadanos para pujar por el triunfo apoteósico que le pronosticaban las encuestas y hoy llega a las urnas con la esperanza de poder pactar con Vox en el mejor de los casos.

La manipulación del CIS de Tezanos, que como sociólogo es horrendo pero como lacayo no tiene precio, es una nimiedad si se compara con los demás abusos obscenos que el PSOE ha hecho del Consejo de Ministros para alentar a un candidato vulgar, Tudanca, en una región tranquila.

Sánchez ha olido la sangre de Casado en estas elecciones y, con la misma displicencia con la que va en el Falcon presidencial a las bodas de sus amigos, ha tirado de los recursos públicos para darle una estocada al líder del PP en el lomo de Mañueco.

Y frente a esto, Pablo Casado ha mantenido su desesperante perfil bajo, entre la pasividad rajoyista y su aplomo innato, para ponerle una autopista por su derecha a Vox y dejarle abierta la planta noble de Génova a Isabel Díaz Ayuso en caso de petardazo.

Las elecciones de hoy son casi más generales que particulares. Porque lo que comenzó como un paseo triunfal hacia una mayoría holgada se ha terminado convirtiendo en un plebiscito sobre el liderazgo de Casado en el PP. La vuelta de calcetín que el PSOE le ha dado a las expectativas es una nueva exhibición de su capacidad para desviar las trayectorias de las cornadas.

Su maquinaria ha conseguido hacernos creer que, aun ganando, el PP será el perdedor en Castilla y León. Hasta el futuro de Juanma Moreno en Andalucía depende de lo que ocurra hoy. Puede que las maniobras de la izquierda sólo hayan servido para despertar a los votantes aletargados del PP y, aplicando el criterio resultadista, Casado salga fortalecido o puede que hayan servido para que se despeguen del proyecto de la actual cúpula popular.

En apenas unas horas lo sabremos. Pero en esta campaña se ha consolidado una verdad incontrovertible: en el fango, la izquierda es mejor.

Alberto García Reyes ( ABC )