LAS CONSECUENCIAS POLÍTICAS DEL CORONAVIRUS

Los titulares desde ayer afirman que “se cierran” guarderías, colegios y universidades. Nadie ha cerrado la universidad (todavía no): tan solo se ha suspendido la enseñanza presencial pero hay que reconocer que el titular queda mucho más alarmista y explosivo de esa manera, aunque no sea cierto.

La histeria por el coronavirus está yendo más allá de lo soportable: una viremia que afecta principalmente a personas vulnerables, como todas las viremias, se está transformando por obra y gracia de los medios de comunicación en los prolegómenos del apocalipsis, en la peste del siglo XXI.

Periodistas del tres al cuarto, cuya formación en medicina y epidemiología no pasa del catarro del mes pasado, hacen “recomendaciones”, perpetran tertulias y dan consejos. Lo que es peor: “informan” a golpe de titular desatando el pánico de una población sumida en el hedonismo y que, precisamente por eso, es incapaz de confrontar la idea de la muerte y el sufrimiento aunque sea una distorsión de la realidad.

Pero este artículo quiere ir a lo real del asunto; es decir, a las perturbaciones en el escenario político mundial, a lo que realmente queda del asunto con posibilidades del influir los acontecimientos que están pasando ya o que sin duda pasarán en los próximos meses o incluso años.

Lo primero que vemos es el terror desatado. Se cancelan concentraciones por encima de un determinado número de asistentes. No todas claro, porque las manifestaciones “feministas” gozan de inmunidad, al parecer, frente al temido virus y frente a las restricciones de salud pública.

Y ello es así EN TODO EL MUNDO. Este es el dato importante. La situación pone en evidencia que, como ya ha dicho algún tertuliano avispado, la infección “no entiende de fronteras”. Los periódicos informan casi en tiempo real del “avance” de la epidemia y muestran mapamundis de colores que añaden un tinte más global al asunto. Parece como si los estados se vieran totalmente desbordados para conjurar la amenaza.

La segunda consecuencia es la dimensión económica. Al estar el epicentro en el país que es la trastienda del capitalismo voraz se ha desatado otra crisis: la “contención” de la amenaza implica restricciones de movimientos incompatibles con la producción de mercancías que las multinacionales necesitan para seguir funcionando.

Esto conlleva un pánico generalizado que teme la caída del crecimiento de la economía china y que tiene como consecuencia una retracción en la afluencia de capitales a los países más afectados. La recesión asoma por el horizonte.

Los inversores privados, lógicamente, no quieren meter su dinero en países en los que el sistema económico local puede quedar paralizado. Dado que en las modernas economías capitalistas la financiación procede solamente de inversores privados, que estos no concurran significa una gran catástrofe.

¿A dónde queremos llegar? Pues a que esta crisis está poniendo en cuestión el Estado como forma de gestionar los problemas de los ciudadanos. Al mismo tiempo se está creando en las personas una conciencia de globalidad en aumento. Hace dos meses no se hablaba de otra cosa que del cambio climático.

Durante unos días la campaña mundial eclipsó cualquier otro tema y los mismos que entonces opinaban sobre “el clima” opinan hoy con la misma arrogancia sobre el Covid-19. En ambos casos los estados están siendo dejados de lado como garantes de resolución de problemas que les quedan muy muy lejos.

Estas crisis están redefiniendo el contexto en el que nos movemos y sustituyendo las viejas soberanías por la necesidad, fundada o no, de instituciones de gestión mundiales. Poco a poco iremos viendo más crisis de este tipo, las cuales irán enseñando a la gente que cada vez se justifica más la transferencia del poder hacia instituciones transnacionales.

Con ello los verdaderos centros de decisión quedarán, si cabe, mucho más lejos del ciudadano. A corto plazo, los temas sobre los que se organizarán mediáticamente las crisis serán de lo más variado: ahora es el coronavirus, hace unos meses era “el clima” y antes de eso lo fue una crisis migratoria generada por una guerra de diseño fabricada en algún laboratorio de ideas.

Mañana vaya el lector a saber qué es lo que inventarán, pero el resultado será el mismo: los Estados nación no son suficientes y todas las instituciones están en línea con este nuevo pensamiento mesiánico. Incluso la Iglesia católica parece sumarse a la moda inducida, degradando su multisecular visión del reino de Dios en la Tierra, hasta un refrito de lo más vulgar de la kantiana “paz perpetua”.

Algún esbozo previo puede verse en el “Documento sobre la fraternidad humana por la paz mundial y la convivencia común”, firmado el pasado mes de febrero de 2019 por el papa Francisco y el Gran Imán de Al-Azhar. Ahmad Al-Tayyeby y será más claro aún el próximo 14 de mayo con el denominado “Pacto Global por la educación” que promueve el citado papa.

Es muy posible que la actual crisis, lo mismo que otras (por ejemplo la de la gripe A), suponga unos boyantes ingresos para ciertas farmacéuticas en detrimento de otras, pero eso siempre fue así. Es análogo a las guerras, cuya mera existencia supone cheques multimillonarios para las empresas de armamento.

Sin embargo esto no supone un salto cualitativo en el contexto político y social de nuestra época. Pensar que todo es una cuestión de beneficios sería como confundir táctica y estrategia: mientras que ésta es global y tiende a objetivos, la primera es variable y depende del momento.

El pasado 17 de febrero se cumplieron 70 años de que James Paul Warburg, hijo del todopoderoso Paul Warburg, cerebro gris de la reserva federal de EEUU, declarara ante la Comisión de Relaciones Exteriores del Senado norteamericano que, tendríamos “un gobierno mundial nos guste o no.

La cuestión es si será con nuestro consentimiento o por la fuerza”. Quizás manipulando nuestras conciencias con la atronadora propaganda de unos medios apesebrados sea todo más fácil.

Eduardo Arroyo ( El Correo de Madrid )